La lucha con el demonio (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Confía más firmemente en el Padre Éter y en Hado regidor del universo, que sus contemporáneos Brentano y Novalis en Cristo. Para él el Evangelio de aquellos no es más que la poesía, la verdad suprema, el misterio inebriante de la Hostia y del Vino, que comunica el cuerpo con el Infinito.
Aun para Goethe la poesía era una parte de su vida, para Hölderlin es toda la vida, es la vida misma y su único contenido; para el primero fue una necesidad meramente personal; para el segundo una necesidad enteramente religiosa. Hölderlin ve en la poesía el aliento de Dios que anima y fecunda a la tierra, la sola armonía en la que su espíritu ha de bañarse, para extinguir dentro de sí mismo el perpetuo disconformismo en una dulce felicidad. La poesía colma el vacío de angustia que hay entre las partes más nobles y las más bajas del espíritu, entre los dioses y los humanos, en la misma forma que el éter presta color y llena el abismo aterrador que se extiende entre el cielo estrellado y la superficie de la tierra.
Insisto, pues, en que para Hölderlin la poesía no es simplemente un adorno humano o una postura moral o intelectual, sino el único propósito de la existencia, el principio creador que sostiene el universo. Por esta razón, la consagración de toda la vida a la poesía es la única oferta de valor. Este solo concepto aclara magníficamente el heroísmo de nuestro poeta.
Sin desmayar, Hölderlin se refiere en sus composiciones a este mito de la poesía: hay que insistir en ello para que se pueda entender la pasión de su responsabilidad y la voluntad absoluta que domina en su existencia.
Creyente fiel, el mundo en su opinión se divide en dos partes, de acuerdo con el concepto de Platón: los inmortales están arriba, dichosos y en plena luz, inaccesibles para el hombre y, sin embargo, partícipes de nuestras vidas; la masa oscura de los mortales está abajo, uncida al triste yugo de la vida de cada día:
Vaga en la eterna noche nuestra generación,
casi sumergida en el Orco, lejos de los dioses.
Fundidos están los mortales en su propia tarea
y en el rumor del taller no oyen más que su voz.
Con dura mano incansables, trabajan esclavos,
pero su obra es vana, estéril como la de las Furias.

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