La lucha con el demonio (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Y el poeta discurre sobre las gradas invisibles de un templo, a una muchedumbre también invisible, a una gente que existe solamente en su ensueño, a un pueblo, en fin, que todavía no ha venido a la tierra, pues "lo inconmovible son los poetas que han de fundarlo". Cuando los dioses callan, hablan en su nombre los poetas, para dar forma a lo divino en lo cotidiano. Así sus hábitos hacen el ruido de las vestiduras sacerdotales y como éstas son limpias y sin manchas; así también su voz tiene siempre un tono elevado. Hölderlin nunca olvidó esa vocación de apóstol, a pesar de las contrariedades y las desdichas de la existencia que llevó; únicamente, ese mito se tornó siempre más sombrío, y se convirtió en tragedia, perdiendo toda característica optimista y su significado de elección libre y feliz, para no ser más que un destino de héroe.
Todo lo que en su juventud se le apareció como una delicada bendición, concluye por ser en la madurez una misión sublime, envuelta en nubes espesas, iluminada por los relámpagos de la fatalidad y acompañada por el airado tronar de fuerzas misteriosas:
Los dioses que nos dieron la llama divina
nos dieron también el divino sufrimiento.
Hölderlin comprende sobradamente que la llamada de los dioses obliga a la renuncia de toda dicha; el ungido se convierte en planta de la selva celeste, marcada para que la reconozca el hacha del leñador. La poesía pertenece a la fatalidad, y el poeta sabe que ha de rehusar los goces de la vida y entregarse sumisamente a las fuerzas ultraterrenas. Sólo será un héroe verdadero, quien renuncie a su cómodo hogar, para precipitarse en el torbellino de la tempestad. No basta anunciar lo heroico y lo trágico, es necesario vivirlo también. Bien lo dice Hiperión:
"Si logras hacer un solo sacrificio al genio, quedarán rotos para siempre jamás los vínculos que te atan a la tierra."
Pero, solamente Empédocles comprende la espantable maldición que cae sobre los que saben ver divinamente lo divino:
Pero él destruirá su casa y, corno un enemigo
destrozará el alma de los seres queridos

en su ruina sepultará a sus padres
y aún a sus hijos. Si no lo hiciera,
nunca se asemejará a los dioses,
nunca tendrá su corona de luz...
La postura del poeta será siempre peligrosa, por su lucha contra poderes que no conocen frenos: es como el pararrayos solitario que concentra sobre sí toda emanación trepidante del infinito y brinda a los mortales en ondas de armonía el fuego celeste que recoge.

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