La lucha con el demonio (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Pero Hölderlin rehusa constantemente el contacto con la realidad, y así esa condición de ceguera para las cosas terrenales se convierte en un ensueño absoluto, en una visión irreal de un universo forjado solo de idealismo. La esencia de su composición poética carece de sal y de pan, carece de colorido: resulta etérea, translúcida e ingrávida y ni los años de desdicha alcanzan a darle un matiz místico y sí apenas un misterioso aliento de premonición.
Además su capacidad productiva es mezquina; parece trabada por una flojedad sensitiva, por la tristeza o por un trastorno nervioso. Al lado de la saturación sabrosa de Goethe, que escribe poesías llenas de energía y de jugo vital, al lado de un campo tan fértil, en que trabaja una mano fuerte, al lado de esa tierra que absorbe todo el vigor del sol y de los elementos, pobre e indigente aparece el campo lírico de Hölderlin. Es posible que no haya habido nunca en la literatura alemana un poeta tan grande con tanta escasez de dones poéticos. Su caudal material era insuficiente: todo lo era la ejecución, exactamente como se acostumbra decir de los cantantes. Más débil que todos los demás, su alma creció sin embargo sustentada por un mundo más elevado: sus dotes eran reducidas, pero su expansión alcanzaba lo infinito. En fin, la genialidad de Hölderlin era milagro de puridad y no genio artístico; era entusiasmo e impulso oculto.
En su aspecto filosófico, el talento lírico de Hölderlin no se mide ni en longitud ni en profundidad: el poeta, nuestro poeta, es un milagro de intensidad. Si lo comparamos con la de Goethe o de Schiller, ambos todo fuerza arrolladora, la figura de Hölderlin resulta mísera en su faz poética; al lado de esas dos figuras, él resulta tan modesto y frágil, como lo fue el Pobrecito de Asís, parangonado con las cumbres gigantes de la Iglesia en la Edad Media: Santo Tomás de Aquino, San Bernardo o San lgnacio de Loyola. Hölderlin, como San Francisco, posee solamente la ternura transparente y angelical, el sentimiento extasiado de la fraternidad. Pero posee también la sublime energía franciscana, la energía de la dulzura y del entusiasmo y el ímpetu extático que eleva por sobre nuestra miserable esfera. Hölderlin como el Pobrecito de Asís, será un artista sin arte, no un artista por fe evangélica en una vida superior, sino por el rasgo heroico de renunciamiento, como el de San Francisco en el mercado de Asís.

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