La lucha con el demonio (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Hölderlin está predestinado a la poesía no por una fuerza lateral o por un ingenio literario de tantos, sino por la capacidad de fundir todo su espíritu en el éxtasis, todo su ser en la exaltación: la fuerza que lo arrebatará al mundo para precipitarlo en el infinito. Su poesía no mana de los nervios o de la sangre, de su linfa interior o de oportunidades personales: brota de un instintivo entusiasmo espasmódico, de su aspiración hacia un mundo inalcanzable.
Para Hölderlin no hay temas especiales que le inspiren con preferencia; él ve con ojos de poeta todo el universo y vive su existencia nada más que poéticamente. La misma tierra le parece una enorme e inmensa poesía épica; todo lo que toma en sus manos para darle forma, se torna en seguida épico, ya sea paisaje, río, ser humano o sentimiento. Siente al Éter con la característica de un padre, como San Francisco sentía su fraternidad solar. La piedra y la fuente son para él como labios que respiran una armonía oculta; lo más prosaico que trueca en palabra melodiosa. se convierte en seguida en algo inherente a ese mundo platónico; se vuelve translúcido y convibra en suave armonía de luz por el vigor de una expresión idiomática que nada tiene de común con la usual, si no es por la forma exterior de los vocablos. Sus palabras, sólo porque él las emplea, brillan con resplandor nuevo, igual a aquél que da a una pradera el rocío: resplandor que carece de aspecto terreno.
Nunca, ni antes ni después de Hölderlin, hubo en Ale-mania una poesía tan alada, tan liviana, tan parecida al vuelo de un ave; nunca miró nadie el mundo desde tanta altura, como la que desea alcanzar Hölderlin en su ardor entusiasta. Por esta razón, en sus versos todos los seres se nos antojan como contemplados a través del ensueño, misteriosamente liberados de la fuerza de gravedad, como almas. Nunca -y en eso reside su grandeza y al mismo tiempo su limitación-, aprendió Hölderlin a ver al mundo como es. Lo ha cantado, nada más. No pudo llegar a sabio, se quedó en soñador y fanático. Pero la ignorancia deliberada de la realidad creó en él la magia más elevada, que fue la eterna aspiración a la puri-dad absoluta, el sumergimiento de la realidad en la luz de otros mundos, el ensueño permanente de la misma, que no tocará nunca con mano torpe para mirarla con puro corazón,

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