La lucha con el demonio (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Faetón, símbolo vital de Hölderlin, ha alcanzado las estrellas en su coche de fuego y la armonía sideral resuena en sus oídos. En este éxtasis vive Hölderlin el apogeo de su existencia.
Sin embargo, hasta en estos instantes de dicha, hay una indefinida sensación de derrumbe, de fracaso. No ignora en absoluto que se puede permanecer el momento de un relámpago en ese mundo celestial, ante esa mesa de dioses, donde se escancian el néctar y la ambrosía a los inmortales, y en seguida profetiza su destino:
Unos instantes apenas vive el morta
la plenitud de los dioses; su vida lueg
no es más que memoria perenne del instante

Al cabo del maravilloso viaje en el coche de fuego, como a Faetón, no le resta ya otra cosa que la espantosa caída, la inacabable caída al abismo sin fin.
Entiendo que a los dioses no les place
nuestra plegaria llena de impaciencias.
Entonces la genialidad brillante y dichosa enseña al poeta el revés de la moneda, el tenebroso rostro del demonio. Libertado de la poesía, Hölderlin precipita pesadamente y se estrella en la existencia vulgar de cada día. Al igual que Faetón, cae no sobre la tierra, sino más abajo aún: sobre el mar oscuro de la tristeza. Goethe, Schiller, todos los demás retornan de la poesía como de una excursión o de un viaje; regresarán tal vez cansados, pero con el alma sana y los sentidos intactos. Hölderlin no: se rompe en la caída, se hiere y queda destrozado, sin poder huir más que rara vez de la realidad. Cuando despierta del sueño del entusiasmo, es como si muriera su alma, y él, hipersensible, ve en el mundo solamente brutalidad y grosería: "Los dioses mueren si el entusiasmo desfallece. Cuando muere Psique, muere también Pan". No vale la pena vivir la vida vulgar: todo es sin sabor y sin alma, fuera de los instantes de entusiasmo.
En esto se entienden las raíces de la tristeza especial de Hölderlin, que por cierto no era tristeza espiritual patológica, sino apenas un contraste de la fuerza de sublime exaltación, innata en su ser. Esa melancolía, a la par que su entusiasmo, no viene de afuera, se nutre de sí misma, por cuanto no cabe exagerar el valor del episodio de Diotima. Es únicamente la reacción después de la exaltación y por la misma razón una virtud infecunda.

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