La lucha con el demonio (Stefan Zweig) Libros Clásicos

Página 40 de 203

Al elevarse en el éter, sentíase permeado de infinito, casi formando parte del mismo; en su tristeza estéril se halla terriblemente solo, espantosamente extraño a la vida. Por eso denominaría a esa tristeza sentimiento de nostalgia, que despierta en el ángel caído el recuerdo del cielo perdido, añoranza sin límites de una patria invisible.
Hölderlin no intentó alejar de su alma esa tristeza, como lo hicieran Leopardi, Byron y Schopenhauer, convirtiéndola en pesimismo terrenal. Él mismo nos dice: "Soy enemigo de la hostilidad contra lo humano, que llaman misantropía". Su pietismo le veda renegar de una parte del todo, por pequeña y sin importancia que ella parezca. Es que se sabe extraño a la realidad de la vida, ajeno a la vida práctica. No puede hablar a los mortales más que con el canto, o, lo que expresa mejor la idea, su lenguaje, su discurso no pueden ser otros, para ser entendidos. Así la creación poética resulta para él como una necesidad ineludible. La poesía es para él un amable asilo en que puede refugiarse, para huir de este extraño país que es el mundo. Ningún poeta entonó nunca con mayor devoción el Veni Creator Spiritus, porque él sabe que todo poder creador viene siempre del cielo, como el vuelo del ángel, y nunca nace de sí propio; cuando no está en éxtasis, pasa por el mundo sin dioses como un ciego. Para él, "cuando muere Psique, muere Pan también" y la vida no es más que un cúmulo de cenizas, sin la llama ardorosa del espíritu que se abre para florecer.
Mas su melancolía es impotente contra lo terreno; su tristeza no tiene voz; candor de auroras, cuando llega el crepúsculo del día, permanece en silencio y se deja llevar por el oleaje, como el cadáver de sí mismo, hasta el fin de su existencia, poeta siempre, aun si no logra dar expresión a sus sensaciones: con las alas rotas, Hölderlin se convierte así en el espectro de la tragedia: en Scardanelli.
Waiblinger, el escritor que le conoció bien, y estuvo cerca del poeta en el período en que su alma ya estaba cubierta de tinieblas, lo retrató en una de sus novelas con el nombre de Faetón, el nombre que los griegos dieron al adolescente que subió a un carro de llama, para llegar hasta los dioses. Los dioses dejan que Faetón se acerque; su marcha alada cruza el firmamento dejando un reguero de luz, pero luego precipita cruelmente en la oscuridad.

Página 40 de 203
 

Paginas:
Grupo de Paginas:             

Compartir:




Diccionario: