La lucha con el demonio (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Los dioses castigan a quien quiera acercárseles demasiado; despedazan su cuerpo, oscurecen sus ojos y arrojan al osado a la sima del destino. Y, sin embargo, aman al audaz que se aniquila por aproximarse a la divinidad, y por la misma razón bautizan con su nombre, figura ideal que servirá de ejemplo, a los astros eternos.

EL INGRESO AL MUNDO
El corazón humano se queda muy a menudo adormilado, corno semilla envuelta en yermas cortezas; pero un día, llegará su hora.
Cuando sale de la escuela, Hölderlin ingresa al mundo como a un territorio hostil: sabe, en su fragilidad, la guerra que le aguarda. Antes de bajar del carruaje de postas, que adelanta chirriando por el camino, ha escrito ya -extraño símbolo- el himno que se titula El Destino, dedicado a la madre de los héroes, "la necesidad de brazo de acero". Al partir, el poeta lleva su carga de presentimientos y sabe que habrá de caer.
Al parecer, todo se le ofrece lleno de promesas: el mismo Schiller, personalmente, lo ha apoyado para el cargo de preceptor ante Carlota von Kalb, puesto que se ha rehusado a ser pastor, como quería su madre. En toda Alemania no hay otra casa señorial en que merezcan tanto honor el entusiasmo y la emoción, como ésta de Carlota; no hay otra tampoco donde su sensibilidad y su timidez hallen mayor comprensión. La misma Carlota, mujer "incomprendida", entendía en alto grado a las almas sentimentales, por haber sido la amante de Johann Paul. Von Kalb también le recibe con extremada cortesía, y el joven le cobra muy pronto sincero afecto.
Por la mañana Hölderlin es libre completamente; puede hacer poesía. Las excursiones, las cabalgatas, los paseos con la familia, le acercan otra vez a la naturaleza, que por algunos años había tenido que olvidar, y durante sus viajes a Jena y Weimar, Carlota, que es mujer de gran inteligencia, trata de presentarlo en los círculos de mayor distinción, y así puede conocer a Goethe. Hölderlin no podía esperar algo mejor, y sus primeras cartas rebosan entusiasmo y, a veces, optimismo; "ahora que no tengo preocupaciones ni pájaros en la cabeza, comienzo a engordar", escribe en broma a la madre. Manifiesta su alegría por la gentileza de sus amigos, que someten a Schiller y hasta publican los primeros trozos de Hiperión, aunque se trate solamente de un esbozo.

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