La lucha con el demonio (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Cuando Hölderlin llega al círculo de Weimar, la poesía ha sido desplazada de su centro por la constelación kantiana y ha sido dejada a la periferia. Se ha iniciado la época del humanismo clásico. Por fatal contraste con Italia, los espíritus más grandes de la Alemania de entonces, no han buscado refugio, como Dante, Petrarca y Boccaccio, en la poesía, para escapar del frío ambiente de lo erudito; a la inversa, Schiller y Goethe han abandonado el divino mundo de la creación, para retirarse en la frigidez de la estética o de la ciencia. Y esos años divinos nunca volverán.
La juventud, que ha tomado a las dos grandes figuras como prototipos, padece la mortal demencia de la formación filosófica. Novalis, alma seráficamente abstracta, y Kleist, ímpetu pleno, a pesar que su temperamento rechaza al espíritu positivo de Kant y de su escuela, se dejan llevar a la deriva, sin rumbo, hacia el elemento hostil. El mismo Hölderlin, inspiración pura, que aborrece el método, indomable, raro y rebelde por deliberación, violenta su carácter y se liga al análisis filosófico, sintiéndose constreñido a usar la jerga estéti-co-filosófica que predomina. Toda su correspondencia de los años de Jena está saturada de insípidas explicaciones de ideas y de intentos para filosofar, elementos completamente opuestos al enorme deseo que le roía. Hölderlin es justamente un espíritu ilógico, no intelectual; sus ideas, enormes como relámpagos geniales, no pueden articularse; resisten a cualquier combinación, a cualquier método. Define y señala muy bien sus límites, lo que él afirma del espíritu de creación:
Reconozco sólo lo que florece natural: no reconozco lo que surge de la meditación.
Un alma así puede manifestar solamente la voluntad de llegar, pero no puede trazar métodos o concepciones. Las ideas de Hölderlin son meteoros -piedras del cielo y no de la tierra- y no pueden ser pulidas y colocadas regularmente como para construir una pared, es decir, un sistema, porque un sistema no es otra cosa que un muro. Esos aerolitos quedan como han caído, no necesitan ser pulidas, no necesitan ser modificadas. Goethe dijo una vez algo acerca de Byron, que mejor, mil veces cuadra a Hölderlin: "Cuando razona es un niño; cuando es poeta, es grande, y sólo entonces." Desgraciadamente, ese niño ocupa un banco en la escuela de Fichte y Kant y se ahoga, con desesperación, en las teorías que le exponen; un día el mismo Schiller le advierte: "Siempre que pueda, huya usted de la filosofía; es muy ingrata.

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