La lucha con el demonio (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Prefiera quedar en las cercanías del mundo sensible: no tendrá peligro de perder el entusiasmo".
Pasará mucho tiempo, antes de que Hölderlin reconozca el peligro que corre en el laberinto de la lógica. Una merma en su creación, como el mejor barómetro, le alarma un día y le dice que a pesar de ser todo alas, ha caído en un círculo que lo asfixia. Y al darse cuenta, rechaza todo sistema filosófico: "Por algún tiempo no entendí por qué el estudio filosófico, fuente de tantas satisfacciones, me causaba nerviosidad, inquietud y hasta sufrimiento, a pesar de la calma que ese estudio requiere, y aumentaba todavía mi desasosiego, a medida que me concentraba más en él. Ahora comprendo que esto ocurría, porque me alejaba de mi ser, de mi temperamento." Es la primera vez que descubre el poder de su misión poética, tan celosa que no le deja tomar parte en la vida material. Su carácter exige que se cierna entre dos mundos: el superior y el inferior; no hallaría el reposo ni en la abstracción ni en la realidad.
La filosofía engaña de esta manera a su esforzado alum-no: en su alma toda duda, inspira otras dudas aún y no acrecienta de ningún modo la seguridad, la certidumbre, que anhelara. Mas la segunda decepción, más llena de peligro, le viene de los poetas. A la distancia, le parecían mensajeros ultraterrenales, ministros de la fe que elevaran su alma a Dios. Lo parecía también que su propio entusiasmo aumentaría al tomar contacto con ellos, con Goethe y, sobre todo, con Schiller, cuyas obras leyó durante noches enteras en el Seminario de Tubinga, y cuyo Don Carlos fue para él como "la nube fantasmagórica de su juventud". Le parecía y lo esperaba, que ellos ofrecerían a sus dudas el impulso hacia el infinito, el ardor nobilísimo, que transfiguran la vida.
En esto reside o comienza el eterno error de la segunda y tercera generación, que quiere seguir a los maestros, olvidando que el tiempo se desliza sobre las obras perfectas como sobre el mármol de las estatuas, sin dañarlas, lo que no ocurre con los hombres, aún si son poetas; las obras siguen siendo lo que son: los hombres envejecen. Schiller es ya consejero nacional, Goethe consejero privado, Herder consejero municipal, Fichte profesor universitario. Ya no tienen interés en la creación poética; lo concentran exclusivamente en los problemas poéticos y la diferencia es evidente.

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