La lucha con el demonio (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Todos están ligados a su obra, han echado anclas en la vida y nada existe para un hombre tan ajeno e inolvidable, como la propia juventud: el malentendido está fatalmente ligado a la edad.
Hölderlin esperaba de ellos el impulso entusiasta, y ellos le predicaron la moderación; ansiaba encenderse de llama a su lado, y ellos apenas le iluminan de pálida luz; a su lado confiaba en una vida libre y espiritual, y ellos tratan por to-dos los medios de obtenerle un buen empleo burgués. En ellos trataba de hallar bríos para la terrible lucha que el destino debía depararle, y ellos, con toda buena intención, le sugieren una paz honrosa. Iba a inflamarse y ellos quieren apagar su fuego. A pesar de las afinidades espirituales, a pesar de las simpatías, el ardor de la sangre de Hölderlin, enfrentado a la sangre entibiada de ellos, origina la incomprensión, el malentendido.
El primer encuentro con Goethe resulta ya simbólico. Hölderlin visita a Schiller y en casa de éste se encuentra con un anciano señor, que le hace pocas preguntas heladas, a las que él contesta con indiferencia; esa misma noche, con verdadera congoja, se entera de que ha estado con Goethe. Espiritualmente no lo reconocerá nunca más, como tampoco Goethe nunca reconoció a Hölderlin durante casi cuarenta años. Como compensación, Hölderlin experimenta la atracción de Schiller, como Kleist la de Goethe; los dos se sienten atraídos solamente hacia uno de esos astros e, injustos como todos los jóvenes, olvidan enteramente al otro.
Goethe no comprende mínimamente a Hölderlin, al decir que "sus versos son un esfuerzo placentero, que se diluye en la satisfacción de la obra" y no alcanza a ver la pasión insatisfecha de Hölderlin, al alabarle por "su discreta intimidad, sus atractivos y su mesura", y al recomendarle sobre todo las pequeñas poesías, olvidando que Hölderlin es el verdadero creador del himno en la poesía de Alemania. El sentido especial de Goethe, con que siempre descubrió al demonio íntimamente oculto, en este caso falló lamentable-mente y es por esta razón que no se alarma, como sabía hacerlo al sospechar lo demoníaco; en sus relaciones con nuestro poeta no lo hizo y por eso demuestra para con él una ingenuidad entre amable e indiferente: mira a Hölderlin con ojos superficiales, sin esforzarse nunca hacia lo hondo. Esto hirió enormemente a Hölderlin, de tal manera que cuando se hundió en la tenebrosa demencia, se revolvía airado si algún visitante le nombraba a Goethe, porque entre las nieblas de su desvarío, cosa extraña y curiosa, siempre recordaba las simpatías o las antipatías del pasado.

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