La lucha con el demonio (Stefan Zweig) Libros Clásicos

Página 49 de 203

No vive ya más emociones frías, intelectuales, que nada tienen de integral, como quiere Hölderlin, que no comprenden todo el ser, toda la vida. Debió ser una hora extraña aquella en que Hölderlin se encontró con Schiller, porque el primero era un hijo espiritual del segundo, no por cierto en la forma del verso o en su orientación, sino en toda su ideología, en toda la fe que ponía Schiller en la elevación humana.
Hölderlin está elaborado de su misma sustancia, es hijo suyo como los héroes de sus obras, como Poa y Max Píccolomini: no puede dejar de ver en Hölderlin un reflejo de su "yo", su verbo hecho carne viva. Hölderlin es justamente todo lo que Schiller exigía a la juventud: pureza, exaltación, entusiasmo; es el postulado schilleriano convertido en hombre, idealismo trocado en premisa de vida. Y Hölderlin vierte realmente ese postulado, cuando Schiller exige apenas el idealismo dogmático-retórico. Hölderlin cree en los dioses helenos, que para Schiller no son otra cosa que alegorías decorativas; vive con unción religiosa y poética únicamente para la vocación de poeta, que Schiller concebía sólo como problema ideal. Y de repente, éste comprueba que en Hölderlin están encarnadas todas sus teorías idealistas. Es fácil comprender el espanto de Schiller al ver su postulado hecho vida, hecho hombre, lo reconoce de inmediato: "Hallé en sus versos mi propia esencia", escribe a Goethe: "y no es la primera vez que este poeta me recuerda a mí mismo". Por eso se dobla respetuoso ante el joven todo fuego y, sin embargo, humilde, y lo hace como si estuviera ante su propia figura juvenil, tan alejada ahora en el pasado.
Ese ardor volcánico, esa exaltación, sin embargo, que trata siempre de suscitar en su obra, resultan para Schiller, ya maduro, como un gravísimo peligro para la existencia normal; humanamente, no puede aplaudir Hölderlin lo que siempre exigió en el orden poético: efervescencia que juega la vida a una sola carta. Trágicamente apartará de sí a su misma creación, ese idealismo entusiasta, inadecuado a la vida hu-mana. Por vez primera se enfrenta Schiller con la peligrosa contradicción que hay en dividir la vida íntima entre la poesía heroica y el cómodo vivir burgués.
Mientras coloca coronas de laurel a sus alumnos poéticos, Posa, Max, Moor, y los envía a morir, porque son demasiado, grandes para la vida en la tierra, se detiene perplejo ante esta otra creación suya, ante Hölderlin: comprende demasiado que el idealismo sembrado por él como semilla de fuego en la juventud de Alemania, cabe solamente en el mundo ideal, en el drama y que, allí en Jena y en Weimar, entregarse incondicionalmente a la poesía, doblegar íntimamente la voluntad al servicio demoníaco, equivale necesariamente a la perdición de toda una juventud.

Página 49 de 203
 

Paginas:
Grupo de Paginas:             

Compartir:




Diccionario: