La lucha con el demonio (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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El que ha sentido pasar por el alma semejante huracán, queda sordo para jamás a las palabras del hombre... El que el demonio ha mirado tan hondamente en los ojos, queda siempre ciego, para siempre ciego...
EL MAESTRO DE LA INDEPENDENCIA

Ser grande es marcar rumbos.
"Después de la próxima guerra europea se me comprenderá".
La frase profética, se halla en uno de los últimos escritos de Nietzsche. No se adivina el sentido exacto de las palabras de este genio, ni la fatalidad histórica que contienen, más que en la tensión, en la incertidumbre y el peligro del cambio de siglo. Parece que este gran creador, sensible a los cambios atmosféricos, a un levísimo soplo de viento, cuyo nerviosismo se traduce en genialidad y ésta en palabras, sintiera todo el peso mortal de Europa: el más asombroso huracán espiritual precede al más fantástico huracán de la historia.
La mirada certera de Nietzsche ha visto llegar la crisis, mientras los demás se atontaban en palabras. Él se da cuenta de la causa: la manía nacionalista de las almas y el emponzoñamiento de la sangre, que aísla en Europa a los pueblos como en cuarentena; el nacionalismo del rebaño, sin otra idea que el pensamiento histórico egoísta, mientras las energías naturales impulsan violentas a la unión futura. El anuncio de la catástrofe surge de sus labios llenos de ira, al ver los esfuerzos para perpetuar en Europa el sistema de los pequeños estados, para sostener una moral que responde sólo a interés
o negocios mezquinos: "esa situación absurda no puede subsistir mucho", marca él con dedo de fuego en la pared; "la capa de hielo que nos sostiene, se ha adelgazado mucho: nos llega el aire tibio del deshielo". Es que nadie ha oído como él los crujidos del viejo edificio de Europa; nadie en tal época de optimismo ha sabido gritar al continente, con tanta angustia, la invitación a huir hacia la luz, para hallar refugio en una elevada libertad intelectual. Nadie ha presentido el acercarse de tiempos muertos, ni ha adivinado que en la crisis algo se preparaba a viva fuerza: sólo hoy todos sabemos lo que él ya sabia en ese momento.
Nietzsche meditó mortalmente y vivió también mortal-mente esa crisis por anticipado: allí reside su grandeza y su heroicidad. La formidable tensión que atormentaba su alma y que llegó a destrozarle, le vinculaba a un elemento superior: era la fiebre de nuestro mundo antes de que el absceso reventara.

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