Las amistades peligrosas (Choderlos de Laclos) Libros Clásicos

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Deseo de todo corazón que sea dichosa, como no dudo que merezca serlo, y en este punto me refiero a la prudencia de usted. No conozco al conde de Gercourt; pero cuando usted le honra con elegirle, debo formarme de él una idea muy favorable. Me limito a desear que su casamiento sea tan dichoso como el mío, que también es obra de usted, a quien cada día tengo nuevos motivos de darle gracias por él. ¡Quiera Dios que la felicidad de su hija recompense la que me ha procurado, y pueda la mejor de las amigas ser la más afortunada de las madres!
acontecimientos ocurridos en esta sociedad. Por el mismo motivo se suprimen las de Sofía Carnay y muchas de las de los actores en estas aventuras.
Siento en realidad muchísimo no poder repetirle esto mismo de viva voz, y conocer a su hija, tan pronto como quisiera. Después de haber experimentado las bondades de usted, verdaderamente maternales, tengo derecho para esperar de ella la tierna amistad de una hermana. Le ruego se sirva pedírsela de mi parte, mientras me hallo en disposición de merecerla. Cuento permanecer en el campo hasta que regrese mi marido, y he aprovechado este tiempo para gozar del trato de la respetable señora de Rosemonde. Esta mujer es siempre admirable y su anciana edad no le hace perder nada de su memoria ni de su alegría. Su cuerpo tiene ochenta y cuatro años, pero su espíritu tiene veinte.
Nos divierte en nuestro retiro su sobrino el vizconde de Valmont, que ha tenido la bondad de sacrificarnos algunos días. No le conocía sino de reputación, y ésta no me daba deseos de conocerle más, pero voy viendo que él vale más que ella. Aquí, en donde el torbellino del gran mundo no le echa a perder, habla razonablemente con una facilidad prodigiosa y se acusa de sus defectos con un raro candor. Me habla con mucha confianza y yo le predico muy severamente. Usted que lo conoce, comprende conmigo que sería ésta una excelente conversión. Pero estoy segura de que, a pesar de sus promesas, ocho días en París le harán olvidar mi sermones. Cuando menos todo el tiempo que pase aquí, será apartado de su conducta ordinaria, y creo que, dado su modo de vivir, lo mejor que podría hacer es no hacer nada. Sabe que estoy escribiendo a ustedes, y me encarga presentarles sus respetos.

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