Las amistades peligrosas (Choderlos de Laclos) Libros Clásicos

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¿Por dónde, dígame, he merecido ese rigor que me desespera? No temo el hacer a usted misma mi juez. ¿Qué he hecho sino ceder a un sentimiento involuntario, inspirado por la belleza y justificado por la virtud, contenido por el respeto, y cuya inocente declaración fue un efecto de confianza y no de esperanzas culpables? ¿Desatenderá acaso esta confianza que parecía permitirme y a la cual me he entregado sin reserva? No, no lo puedo creer; eso sería suponer en usted una falta, y mi corazón se indigna con la idea de hallar en usted una sola; desmiento mis reconvenciones, que he podido escribir, mas no pensar. ¡Ah! déjeme creerla perfecta, puesto que es el único placer que me queda. Pruébeme que lo es, en efecto, siendo generosa conmigo. ¿Qué desgraciado ha socorrido usted que lo necesite tanto como yo? No me abandone en el delirio en el que usted misma me tiene sumergido. Présteme su razón, pues me ha privado de la mía y después de haberme corregido, ilumíneme para perfeccionar su obra.
No quiero engañarla. Jamás podrá usted vencer mi amor; pero me enseñará a regirlo, y guiando mi conducta y dictando mis discursos me evitará, por lo menos, la desgracia de haberla de desagradar. Disipe, sobre todo, este temor que me desola; dígame que me perdona y se conduele de mí; asegúreme, en fin, que me mira con indulgencia. No tendrá usted tanta como yo quisiera, pero reclamo al menos la que necesito; ¿me la negará?
Adiós, señora, reciba con bondad mis obsequios, que no disminuyen nada del respeto que le tengo.
En..., a 20 de agosto de 17...

CARTA XXV
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
He aquí el boletín de ayer.
A las once entré en la habitaciones de la señora de Rosemonde, y bajo sus auspicios fui introducido al cuarto de la fingida enferma, que estaba todavía en cama. Tenía los ojos muy abatidos; espero que habrá dormido tan mal como yo. Aproveché de un momento en que la señora de Rosemonde se había separado un poco, para dar mi carta. No quiso tomarla, pero yo la dejé encima de la cama y fui con toda cortesía a traer el sillón de mi anciana tía, que deseaba estar cerca de su querida enferma; con lo que fue necesario que ésta ocultase la carta para evitar el escándalo.

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