Las amistades peligrosas (Choderlos de Laclos) Libros Clásicos

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CARTA XXVIII
EL CABALLERO DANCENY A CECILIA VOLANGES
¿Con que usted rehusa siempre responderme? Señorita, ¿Nada puede reducir a usted y los días pasan sin que se realice la esperanza que había podido concebir? ¿Qué especie de amistad existe entre nosotros, según conviene usted misma? Si no basta ni aun para hacerle sentir mi pesar. Usted está fría y tranquila mientras a mí me devora un fuego que no puedo extinguir. Lejos de inspirarle confianza, ni siquiera hace que tenga usted compasión. Su amigo sufre y usted no hace nada para socorrerlo. Le pido una palabra y usted me la niega. No quiere ser ingrata, me decía ayer; ¡ah! créame, señorita, querer pagar el amor con la amistad no es temer la ingratitud. Entre tanto, yo no me atrevo a hablarle de un sentimiento que no puede menos de molestarla. Si no le interesa es preciso que cuide de encerrarlo en mi pecho mientras hallo el modo de vencerle. Convengo en que me serví dificilísimo y tendré necesidad de emplear todo mi esfuerzo: pero me valdré de todos los medios; uno hay que me costará más que los otros: el decirme a menudo que su alma es insensible. También haré por verla menos, para lo cual buscaré un pretexto plausible.
¿Mas, qué digo? ¡Perder la dulce costumbre de verla todos los días! ¿Una desgracia eterna ser el premio del amor más puro? Usted lo había querido así. Usted lo había causado. ¡Con qué placer hubiera hecho el juramento de no vivir más que para usted! Pero usted no lo quiere admitir; su silencio me indica bastante que su corazón no siente nada en favor mío. En él se contiene la prueba más segura de la indiferencia y el modo más cruel de anunciármelo. Adiós, señorita. No me atrevo ya a esperar una respuesta. Un amante la hubiera escrito con ansia, un amigo con placer, una persona compasiva con complacencia; pero la compasión, la amistad y el amor son cosas que su corazón desconoce.
En..., a 23 de agosto de 17...

CARTA XXIX
CECILIA VOLANGES A SOFÍA CARNAY
Ya te decía bien, Sofía, que hay ocasiones en que es lícito escribir y te aseguro que me arrepiento mucho de haber seguido tu parecer que ha causado tanta pena al caballero Danceny y a mí misma. Prueba de que tengo razón es que la señora de Merteuil, que es mujer que lo entiende bien, ha acabado por pensar como yo.

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