Las amistades peligrosas (Choderlos de Laclos) Libros Clásicos

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Es una cosa terrible el atolondramiento de los niños.
He estado, en seguida en el convento, y después de ver a la superiora, le pedí ver a mi hija. esta vino muy apenada y temblorosa. Le hablé delante de las monjas y también a solas. Todo lo que he podido sacarle, en medio de muchas lágrimas, es que no podía ser feliz más que en el convento; he adoptado la resolución de permitirle permanecer allí, pero sin entrar aún con el carácter de postulanta como ella me pedía. Temo que la muerte de madame de Tourvel y la de monsieur de Valmont hayan afectado excesivamente a su pueril imaginación. Por mucho respeto que me inspire la vocación religiosa, no vería sin pena y sin temor a mi hija abrazar tal estado. Me parece que tenemos bastantes deberes que cumplir para que tratemos de crearnos otros nuevos, y sobre todo que no es su edad la más a propósito para saber lo que nos conviene.
Lo que complica más mi situación es el próximo regreso de monsieur de Gercourt. ¿Habrá que romper un enlace tan ventajoso? ¿Cómo hacer la felicidad de estos muchachos si no basta tener el mejor deseo y prodigarles los mayores cuidarlos? Le agradecería mucho que me dijese lo que haría en mi lugar; no puedo tomar resolución alguna; no encuentro nada más espantoso que tener que decidir de la suerte de los demás; y lo mismo temo en esta ocasión desplegar la severidad de un juez que la debilidad de una madre.
Me reconvengo sin cesar por aumentar sus penas con el relato de las mías; pero conozco ese corazón; el consuelo que Ud. puede dar a los demás, es el más grande que puede darse a sí misma.
Adiós, mi querida y digna amiga, espero sus dos contestaciones con mucha impaciencia.
París, 13 de diciembre de 17...

CARTA CLXXI
LA SEÑORA DE ROSEMONDE AL CABALLERO DANCENY
Después de lo que usted me ha comunicado, señor, no hay más remedio que llorar y callarse. Se siente vivir aún, cuando se conocen horrores semejantes, se avergüenza una de ser mujer cuando se sabe que hay una capaz de tales demasías.
Me prestaría de buena gana, señor, por lo que a mí atañe, a dejar en el silencio y a dar al olvido todo cuanto recordase o pudiese dar lugar a tristes acontecimientos.

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