La peste escarlata (Jack London) Libros Clásicos

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¡Dios mío! ¡Muchachos, que buenos sois con vuestro abuelo!
Hu-Hu, que aparentaba la misma edad que Edwin, respondió, con una mueca
que pretendía ser una sonrisa.
--Come, abuelo, come todo lo que quieras. Mejillones o cangrejos. Hay
cuatro.
El paralítico entusiasmo del viejo era un espectáculo penoso. Se sentó en
la arena lo más deprisa que se lo permitieron sus miembros agarrotados, y
sacó de entre los tizones un mejillón de roca de gran tamaño. El calor
había hecho que se abrieran las valvas, y se veía la carne del mejillón,
color salmón y cocida en su punto.
Con prisa febril, el viejo asió el suculento bocado entre el pulgar y el
índice y se lo llevó rápidamente a la boca. Pero el mejillón quemaba y, al
cabo de un instante, lo escupía profiriendo aullidos de dolor, mientras le
rodaba una lágrima por las mejillas.
Los jóvenes eran auténticos salvajes, y salvaje era su cruel regocijo.
Rompieron a reír ante el ardiente chasco del viejo, que consideraron
sumamente divertido. Hu-Hu se puso a hacer inacabables, cabriolas y Edwin
se retorcía de risa en el suelo. El pequeño guardián de las cabras acudió,
atraído por el ruido, y no tardó en sumarse a la hilaridad.
--Enfríalos, Edwin... Enfríalos -suplicó el viejo sufriente, sin siquiera
enjugarse las lágrimas que seguían brotando de sus ojos--. Enfría también
un cangrejo, Edwin... Ya sabes cuanto le gustan los cangrejos a tu abuelo.

Un chisporroteo salió del fuego, que hacía que todas las valvas de los
mejillones estallaran en un vapor húmedo. Los moluscos eran en su mayor
parte de buen tamaño: medían entre tres y seis pulgadas de ancho. Los
muchachos los sacaron del fuego valiéndose de palitos, y los alinearon en
una vieja cepa arrojada a la playa por el mar para que se enfriaran.
El viejo gemía:
--En mis tiempos, nadie se burlaba de ese modo de los viejos... Se les
respetaba... Se les respetaba.

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