La peste escarlata (Jack London) Libros Clásicos

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alegría. Husmeó y luego, con un ronroneo beatífico, se puso a comer. Y,
mientras masticaba con las encías, mascullaba una palabra que no tenía
ningún sentido para sus oyentes:
--Mayonesa... Mayonesa...
Hizo chasquear la lengua, y prosiguió:
--¡Mayonesa! Eso sí que sería una buena cosa... ¡Y pensar que hace más de
sesenta que ha desaparecido! Han crecido dos generaciones sin conocer su
maravilloso perfume. ¡En otros tiempos, en todos los restaurantes la
servía con los cangrejos!
Una vez saciado, el viejo suspiró, se secó las manos frotándoselas en sus
muslos desnudos, y su mirada se perdió en el mar. Luego, sintiendo el
bienestar de un estómago lleno, se puso a rebuscar en su memoria.
--¿Sabéis, hijos míos, sabéis que yo he visto estas orillas hirviendo de
vida? Aquí se apretujaban cada domingo hombres. Mujeres y niños. En vez de
osos a la espera de devorarlos, había la arriba, en la cima del
acantilado, un magnifico restaurante donde uno encontraba todo lo que
quería comer. Vivían entonces en San Francisco cuatro millones de
personas. Y ahora en todo el territorio, no quedan ni cuarenta. También el
mar estaba repleto de barcos que entraban y salían sin parar por la Puerta
de Oro. Y en el aire había innumerables dirigibles y aviones, que podían
superar las doscientas millas por hora.
Si, esa era la velocidad mínima que exigían los contratos de la compañía
aérea que hacía el servicio postal entre Nueva York y San Francisco. Hubo
un hombre, un francés, que ofreció la velocidad de trescientas millas.
¡Hum, hum! Esto pareció excesivo, y demasiado arriesgado, a los ojos de la
gente retrógrada. Pero el francés insistía, y tenía bases sólidas para
hacerlo, y hubiera logrado lo que prometía de no haber sido por la gran
peste. Cuando yo era niño, había todavía gente que recordaba haber visto
los primeros aeroplanos. Yo vi los últimos. Han pasado sesenta años...
Los niños escucharon su monólogo con aire distraído.

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