La peste escarlata (Jack London) Libros Clásicos

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Salió, cerró
la puerta detrás suyo, y cerró con llave.
>>¿Él sabía, ¿comprendéis?, que yo había estado expuesto al contagio, y
tenía miedo. Desde el otro lado de la puerta me gritó que me fuera. Eso
hice, y jamás olvidaré la terrible sensación que experimenté al volver a
cruzar el patio y los pasillos desiertos. No era que tuviera ningún temor.
Había estado expuesto, y me consideraba hombre muerto.
>>Pero ante aquella súbita detención de la existencia que había
presenciado a mí alrededor, me parecía que estaba asistiendo al fin del
mundo. Aquella universidad que había sido mi vida, mi razón de ser. Mi
padre había enseñado en ella antes que yo, y antes que él lo había hecho
su padre. Yo había hecho allí toda mi carrera, a la estaba predestinado
desde mi nacimiento. Desde hacía siglo y medio aquel establecimiento
inmenso había funcionado sin ninguna interrupción, como máquina
maravillosa. Y ahora, de repente, había dejado de vivir. La llama tres
veces sacra de mi altar se había apagado. Estaba abrumado de horror, de
horror inexpresable.
>>Volví a mi casa. Mi ama de llaves, así que me vio, se puso a chillar y
huyó. Llamé a la campanilla de la doncella. No vino nadie. También ella se
había marchado. Fui a la parte trasera de la casa y me encontré en la
cocina, a la cocinera preparando su maleta. profirió tremendos gritos al
aparecer yo, y escapó, abandonando su maleta con todos sus efectos
personales. Cruzó el jardín a todo correr y sin dejar de gritar. Todavía
hay me resuenan los gritos en el oído.
>>No era costumbre, hijitos, como comprenderéis, actuar de aquel modo, en
los tiempos normales, con los enfermos. ¡No! la gente no perdía la cabeza
de aquel modo. se mandaba buscar a los médicos y a las enfermeras, que,
con mucha tranquilidad, aplicaban al enfermo un tratamiento adecuado.
Ahora, el caso era distinto. Aquel mal mataba sin errar nunca el golpe.

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