No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) Libros Clásicos

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¡No será ninguno que no hubiesen probado sus antepasados! ¿No os enseñaron en tu templo que las Tolomeas se casan siempre con sus hermanos? ¿No se acostaban con sus propias hijas nuestros reyes más antiguos? No te asombres, Totmés: incluso un frívolo cortesano, un parlanchín, un bufón de la reina puede tener algunos conocimientos. Y si me apuras, hasta un poco de comprensión. Sí, me corresponde ser comprensivo. Tanto lo soy que incluso me felicito de tu llegada a este barco. Y te diré más: encuentro lícito que Cleopatra intente olvidara Antonio mediante un matrimonio místico con alguien que se parezca a su hijo. Es más que lícito. ¡Al fin y al cabo, ella es la gran Isis!
Totmés le vio avanzar hacia el baldaquín real. Tomó el pañuelo que la reina dejó olvidado en el trono el día anterior y se lo llevó a los labios.
Intentó reír, pero sólo consiguió emitir un aullido salvaje, desesperado, que se fue paralizando hasta dar paso a un espasmo atroz. Y cuando intentaba avanzar hacia Totmés, tambaleante como un enfermo de mal sagrado, tropezó con un montón de cuerdas y cayó de rodillas. Continuaba estrechando el pañuelo de Cleopatra contra su pecho.
-¡Bastardo de Isis! ¡Habla de una vez! ¿Te reveló Cleopatra la sabiduría del amor o sólo la del deseo?
Y ante sus ojos, húmedos a causa de las lágrimas, apareció Totmés bajo un aspecto desconocido. Sonreía con toda la serenidad de la pureza. Y su voz era dulce, reposada, como las notas que arranca a su arpa el ciego Ramose.
-Epistemo, quienquiera que seas conozco que sufres. Adivino un suplicio espantoso detrás de cuanto dices. Pero yo no puedo hacer nada por ti. La sabiduría de que me hablas me está vedada. Desconozco los crímenes del amor, igual que sus virtudes. Y no he de conocer el desvarío que produce en los humanos. Porque he jurado castidad ante los dioses de mis padres y de cuantos padres vivieron antes que ellos en estas tierras del Nilo. Y sé que mi cuerpo no conocerá el goce de otros cuerpos ni ha de reproducirse en otras vidas.
El cortesano pareció avergonzarse de su anterior arrebato, pues tendió la mano hacia Totmés para que le ayudara a levantarse. Y en adelante su tristeza fue más serena. Y en sus palabras sólo hubo melancolía:
-En verdad te digo que mi juego es estúpido y sé está volviendo contra mí, de manera que este comportamiento es una farsa absurda. Porque conozco perfectamente la razón de tu estancia en esta nave y nada de cuanto he dicho puede ser cierto. Pero sí lo es que he bebido en exceso y te he odiado por amor, lo cual no encierra ninguna contradicción porque el amor es el peor de los vinos.

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