No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) Libros Clásicos

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Un súbito presentimiento le detuvo. Algo que le atravesó con la velocidad del rayo. De nuevo se vio asaltado por instantáneas dispersas de lo que fue su vida hasta aquel día. Todas sus horas en el iseion, todo su encierro, todas sus renuncias. Y observó de nuevo la sacra blancura de sus vestidos y sintió que los llevaba en calidad de préstamo.
Al levantar la cabeza hacia el otro, la luna reveló la profunda angustia de su expresión. La luna le hería con la intensidad de un sol
enmascarado.
-¿Quién soy yo, Epistemo? -exclamó a voz en grito.
El embajador no mostró reacción alguna ante aquel aullido de impotencia. Diríase que lo esperaba. Diríase que le correspondía.
-Tú, que al parecer lo sabes todo, también sabrás por qué he sido yo el elegido.
Y su figura y sus ropajes y el aura entera que le envolvía formaban un conjunto tan puro que Epistemo sintió el deseo de estrecharle contra su pecho.
-¿Quién soy? -repetía Totmés-. ¿De dónde vengo?
El embajador necesitó toda la cautela de la diplomacia para que su arrebato de ternura derivase hacia un mayor comedimiento.
-No pienses que este encuentro se debe a un capricho del azar. Muchos y muy nobles pasos fueron preparando los tuyos. Muchas y muy nobles mentes te educaron a lo largo de los años para que, llegado el momento, pudieras inspirar al más grande príncipe que en esta hora conoce el mundo. No ignoras que su ascendencia es el prodigio de una conjunción mítica: ¡el hijo de Julio César y de la reina que puede llegar a dominar todo el Oriente! El porvenir de Cesarión es el de Egipto. Y por extensión el de Roma, que es como decir el de Oriente y Occidente reunidos en un solo niño.
-Todo cuanto me dices es tan sabido que puede estar en el habla de cualquier charlatán que mastique moscas en los muelles. Pero yo sigo gritando mi pregunta, Epistemo. Contéstala de una vez: ¿por qué, entre todos los sacerdotes de este o cualquier otro culto, he sido yo el elegido para formar al príncipe...?
Epistemo observaba su inquietud con cierto humor.
-¡Dulce Totmés! Nuestra relación no tiene remedio. Empiezo inquiriendo yo. Terminas preguntando tú.
-No pregunto, Epistemo. Exijo. Se me ha ordenado mantener un secreto que no existe. Se me ha dado una vida que no me corresponde. ¿Es posible que todo cuanto
soy, cuanto he sido, lo deba a una intriga cuyos alcances me sobrepasan?
-¿Qué te dijo la reina cuando te recibió anoche?
-Que le fui recomendado por un altísimo consejo de sacerdotes. Que me correspondía

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