Middlemarch, Un estudio de la vida de las Provincias (George Eliot) Libros Clásicos

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-Dorothea, si no te importa y no estás muy ocupada, ¿qué te parecería si sacáramos hoy las joyas de mamá y nos las dividiéramos? Hoy hace exactamente seis meses que te las dio el tío y ni las has mirado aún.

En el rostro de Celia apuntaba la sombra de un mohín cuya presencia total sólo se veía reprimida por su habitual temor a Dorothea y a los principios, dos hechos asociados que podían desencadenar una misteriosa electricidad si se tocaban incautamente. Ante su alivio, los ojos de Dorothea sonreían al levantar la vista.

-¡Qué almanaque tan maravilloso eres, Celia! ¿Qué son, seis meses lunares o de calendario?

-Hoy es el último día de septiembre y el tío te las dio el primero de abril. Ya sabes, dijo que se le había olvidado hasta entonces. Estoy segura de que no has vuelto a pensar en ellas desde que las guardaste en el bargueño.

-De todas formas, cariño, no deberíamos ponérnoslas nunca -el tono de voz de Dorothea era cordial, a medio camino entre la ternura y la explicación. Sostenía el lápiz en la mano e iba haciendo diminutos apuntes en el margen.

Celia se sonrojó y su aspecto se tornó grave.

-Pienso que tenerlas guardadas y no prestarles ninguna atención es una falta de respeto a la memoria de mamá. Además -añadió con un incipiente sollozo de mortificación tras titubear un instante-, los collares son algo muy corriente hoy en día. Incluso Madame Poincgon, que era aún más severa que tú en algunas cosas, solía llevar adornos. Y los cristianos en general; seguro que hay mujeres en el cielo que llevaron joyas -Celia era consciente de alguna fuerza mental cuando se aplicaba de verdad a la argumentación.

-¿Es que te gustaría llevarlas? -exclamó Dorothea. Un aire de asombrado descubrimiento animaba todo su ser con un gesto dramático, adoptado de la misma Madame Poincgon que usara los adornos-. Si es así, saquémoslas. ¿Por qué no me lo dijiste antes? Pero, ¿y las llaves? ¿Dónde estarán las llaves? -con las manos se apretaba las sienes como si desesperara de su memoria.

-Están aquí -dijo Celia, que llevaba largo tiempo meditando y planeando esta explicación.

-En ese caso, te ruego que abras el cajón grande del bargueño y saques el joyero.

Pronto tuvieron ante sí el cofre y las diversas joyas esparcidas cual alegre parterre sobre la mesa.

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