Middlemarch, Un estudio de la vida de las Provincias (George Eliot) Libros Clásicos

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-Piensa conmigo -se decía Dorothea-, o, mejor dicho, abarca un mundo entero, del cual mi pensamiento no es más que un pobre y despreciable espejo. Aparte de sus sentimientos, toda su experiencia... ¡qué lago comparado con mi pobre charco!

La señorita Brooke argumentaba desde palabras y disposiciones con no menos decisión que otras jóvenes de su edad. Los signos son cosas pequeñas y medibles, pero las interpretaciones son ilimitadas, y en jóvenes de naturaleza dulce y ardiente, cada signo suele producir asombro, esperanza, fe, amplios como un cielo y coloreados por una difusa parquedad de sustancia en la forma de sabiduría. Y no siempre se engañan en exceso; el propio Simbad pudo dar con una descripción verdadera gracias a una suerte favorable, y un razonamiento equivocado puede llevar, en ocasiones, a los pobres mortales a conclusiones acertadas: arrancando a gran distancia del punto verdadero y caminando por vueltas y revueltas, de vez en cuando llegamos justo donde debiéramos. No porque la señorita Brooke fuera precipitada en su confiar debe deducirse claramente que el señor Casaubon fuese inmerecedor de esta confianza.

Se quedó un poco más de lo que tenía pensado, ante la leve presión de una invitación del señor Brooke, el cual no ofrecía mayor señuelo que sus propios documentos sobre el destrozo de las máquinas y la quema de almiares(2). El señor Casaubon fue llevado a la biblioteca para que los contemplara amontonados, mientras su anfitrión cogía primero uno y después otro, leyendo de ellos en voz alta de manera indecisa y alternante, pasando de una página sin terminar a otra con un «¡Esto, esto, aquí, aquí!» arrinconándolos todos finalmente para abrir el diario de sus viajes juveniles.

-Mire, aquí está todo sobre Grecia, Ramnunte, las ruinas de Ramnunte; bien, usted es un gran helenista; no sé si se habrá dedicado mucho a la topografía, pero yo he pasado una eternidad descifrando estas cosas, ¡Ah! ¡El Helicón! ¡Escuche! «Partimos a la mañana siguiente para el Parnaso, el Parnaso de doble pico.» Todo este volumen es sobre Grecia, ¿sabe? -el señor Brooke concluyó, pasando el pulgar transversalmente por el borde de las hojas al tiempo que extendía las manos mostrando el libro.

La presencia del señor Casaubon era digna aunque bastante triste; se inclinaba ligeramente cuando correspondía y evitaba, en la medida de lo posible y sin caer en la impaciencia o la irrespetuosidad, mirar todos los documentos, consciente de que esta falta de coherencia estaba vinculada a las instituciones rurales, así como de que el hombre que le conducía por este estricto correteo mental no era tan sólo un anfitrión amable, sino un terrateniente y custos rotulorum(3).

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