Middlemarch, Un estudio de la vida de las Provincias (George Eliot) Libros Clásicos

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Hoy por hoy no tengo la seguridad de estar haciendo ningún tipo de bien; todo parece como si me enfrentara a una misión con gentes cuya lengua desconozco, -salvo el construir buenas viviendas, claro. ¡Cómo me gustaría conseguir que la gente de Lowick estuviera bien alojada! Dibujaré diversos planos mientras tengo tiempo.»

Dorothea se contuvo de pronto, reprochándose la presunción con que contaba con sucesos inciertos, pero la aparición en una curva del sendero de un jinete al trote le evitó cualquier esfuerzo interior por desviar la dirección de sus pensamientos. El cuidado alazán y los dos setters no permitían dudar de que el jinete era Sir James Chettam. Vio a Dorothea, desmontó al punto del caballo y tras dárselo al mozo, avanzó hacia ella sosteniendo en el brazo algo blanco que provocaba el animado ladrido de los dos setters.

-¡Qué maravilloso encontrarla, señorita Brooke! -dijo, levantando el sombrero y dejando ver el cabello rubio y levemente ondulado-. Esto me adelanta el placer que esperaba.

A la señorita Brooke le molestó la interrupción. Este afable baronet, un muy adecuado marido para Celia, exageraba la necesidad de hacerse agradable a la hermana mayor. Incluso un posible cuñado puede resultar una opresión si continuamente presupone un entendimiento demasiado bueno contigo, y está de acuerdo aun cuando le contradices. El pensamiento de que el baronet había incurrido en el error de cortejarla a ella no podía tomar forma: Dorothea empleaba toda su actividad mental en creencias de otro tipo. En cualquier caso, en este momento resultaba de todo punto inoportuno y sus manos llenas de hoyuelos harto desagradables. La irritación la hizo sonrojarse al devolverle el saludo con cierta altivez.

Sir James interpretó el rubor de la manera más gratificante para él y pensó que nunca había visto a la señorita Brooke tan hermosa.

-He traído un pequeño solicitante -dijo-, o mejor dicho, lo traigo para ver si se le admite antes de que se exponga su solicitud.

Mostró el objeto blanco que llevaba bajo el brazo: era un diminuto cachorro maltés, uno de los juguetes más ingenuos de la naturaleza.

-Me duele ver estas criaturas que se crían para servir de mero capricho -dijo Dorothea, cuya opinión se forjaba en ese mismo instante (como suele ocurrir) bajo el influjo de la irritación.

-Pero, ¿por qué? -preguntó Sir James mientras continuaba andando.

-Creo que a pesar de todos los mimos que se les dispensan, no son felices.

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