Middlemarch, Un estudio de la vida de las Provincias (George Eliot) Libros Clásicos

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En uno, y solamente en uno, de sus temas favoritos quedó defraudada. Al señor Casaubon no pareció interesarle la construcción de casitas y desvió la conversación hacia la extremada estrechez que tenían las viviendas de los antiguos egipcios, como si frenara un nivel en exceso alto. Cuando se hubo marchado, Dorothea reflexionó con inquietud sobre esta indiferencia que el señor Casaubon había mostrado, ejercitó mucho la mente con argumentos extraídos de las diferentes condiciones climáticas que modifican las necesidades humanas y de la reconocida maldad de los déspotas paganos. ¿No debería exponerle al señor Casaubon estos argumentos cuando viniera de nuevo? Pero una mayor reflexión le indicó que sería una presunción el exigir su atención sobre tal tema; no podría desaprobar el que ella se ocupara de esto en momentos de ocio, como otras mujeres se ocupaban de sus bordados y vestidos; no se lo impediría cuando... Dorothea se sintió avergonzada al sorprenderse especulando de esta forma. Pero su tío había sido invitado a pasar un par de días en Lowick. ¿Era razonable suponer que el señor Casaubon disfrutaba con la compañía del señor Brooke en sí misma, con o sin documentos?

Entretanto, esa pequeña desilusión la hizo disfrutar tanto más de la disposición de Sir James Chettam por poner en marcha las mejoras deseadas. Venía con mucha mayor frecuencia que el señor Casaubon y Dorothea dejó de encontrarle desagradable desde que se mostrara más serio; había entrado con gran habilidad práctica en las cuentas de Lovegood y se mostraba encantadoramente dócil. Dorothea proponía construir un par de casitas a las cuales cambiar dos familias cuyas viejas casuchas podrían entonces derribarse para construir otras nuevas en su lugar. «En efecto», dijo Sir James, y Dorothea le tomó muy bien la palabra.

Verdaderamente, estos hombres que tenían tan escasas ideas espontáneas podían resultar miembros muy útiles de la sociedad bajo una adecuada dirección femenina... ¡si acertaban con la elección de sus cuñadas! Es difícil decir si no había cierta terquedad en su sostenida ceguera ante la posibilidad de que otro tipo de elección estuviera sobre el tapete con relación a ella. Pero en este momento, la vida de Dorothea estaba llena de esperanza y actividad: no sólo pensaba en sus planos, sino que estaba sacando muchos libros eruditos de la biblioteca y leyendo precipitadamente muchas cosas (a fin de poderse mostrar un poco menos ignorante al hablar con el señor Casaubon), mientras no cesaban de atenazarla serias dudas respecto de si no estaría sobrevalorando estos pequeños quehaceres, contemplándolos con esa complacencia que es el destino final de la ignorancia y la estupidez.

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