Middlemarch, Un estudio de la vida de las Provincias (George Eliot) Libros Clásicos

Página 32 de 768

Dentro de la novela victoriana, sus ecos se dejan sentir especialmente en Charlotte Bronté y George Eliot.
Eran folletos sobre los principios de la Iglesia. Desapareció la opresión de Celia, Tantripp y Sir James y se fue derecha a la biblioteca. Celia subió arriba. Al señor Brooke le detuvo un mensaje, pero cuando volvió a la biblioteca encontró a Dorothea sentada y enfrascada en uno de los folletos que tenía en el margen algo escrito a mano por el señor Casaubon, absorbiéndolo con la ansiedad con que hubiera absorbido el aroma de un ramo recién cortado tras un paseo caluroso, seco y cansino.

Se estaba alejando de Tipton y Freshitt, y su propia y triste tendencia a pisar por donde no debía en su camino hacia la Nueva Jerusalén.

El señor Brooke se sentó en su butaca, estiró las piernas hacia la chimenea cuyo fuego se había convertido en un amasijo prodigioso de brillantes dados y se frotó suavemente las manos, mirando a Dorothea con discreción, pero con aire serenamente neutral, como si no tuviera nada en particular que decirle. Dorothea cerró el folleto en cuanto observó la presencia de su tío, y se dispuso a marcharse. Normalmente se hubiera interesado por el viaje piadoso de su tío a favor del criminal, pero su reciente agitación la hizo distraerse.

-Volví por Lowick, ¿sabes? -dijo el señor Brooke, no con la intención de detener su salida, sino por su habitual inclinación a repetir lo que había dicho antes. Este principio fundamental del habla humana era muy marcado en el señor Brooke-. Comí allí y vi la bibliteca de Casaubon, y todo eso. Hacía fresco al volver en el carruaje. Pero, ¿no quieres sentarte, hija? Parece que tienes frío.

Dorothea se sintió bien inclinada a aceptar esta invitación. A veces, cuando la manera relajada en la que su tío se tomaba las cosas no resultaba exasperante, era muy tranquilizadora. Se quitó el chal y el sombrero y se sentó frente a él, disfrutando del calor, pero levantando sus hermosas manos para protección. No eran manos delgadas, ni pequeñas, sino fuertes, femeninas, maternales. Parecía alzarlas en aplacamiento por su apasionado deseo de conocer y pensar, lo cual en los hostiles medios de Tipton y Freshitt había dado como resultado las lágrimas y los ojos enrojecidos.

Se acordó en ese momento del criminal condenado. -¿Qué noticias trae, tío, del ladrón de ovejas?.

Página 32 de 768
 

Paginas:
Grupo de Paginas:                                   

Compartir:




Diccionario: