Middlemarch, Un estudio de la vida de las Provincias (George Eliot) Libros Clásicos

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Es muy amable, y bondadoso con lo de las casitas. Y tiene muy buena intención. -Pero tú quieres un estudioso y ese tipo de cosas, ¿no?

Bueno, lo llevamos en la familia. Yo también lo tenía... ese amor por la sabiduría... ese interesarse por todo... quizá demasiado... me llevó demasiado lejos; aunque ese afán no suele darse en la línea femenina; o corre subterráneo, como los ríos de Grecia... sale en los hijos. Hijos listos, madres listas. Hubo un tiempo, en que yo me interesé mucho por eso. Sin embargo, hija, siempre dije que la gente debe hacer lo que quiera en estos asuntos, al menos hasta cierto punto. Como tutor tuyo no podía consentir un mal matrimonio. Pero Casaubon es presentable: su posición es buena. Aunque me temo que Chettam se sentirá dolido, y la señora Cadwallader me echará a mí la culpa.

Esa noche, por supuesto, Celia no supo nada de lo ocurrido. Atribuyó el ensimismamiento de Dorothea y la evidencia de otros lloros desde que llegaran a casa al mal humor que le había provocado el asunto de Sir James Chettam y las edificaciones, y tuvo cuidado de no incurrir en más ofensas: una vez dicho lo que quería, Celia no se sentía inclinada a retomar los temas desagradables. Era su forma de ser desde pequeña, el no pelearse nunca con nadie y simplemente observar con asombro cuando se peleaban con ella y se hinchaban como pavos, dispuesta a jugar con todos tan pronto se les pasara. Por cuanto a Dorothea, también desde siempre solía encontrar fallos en las palabras de su hermana, aunque Celia argumentara interiormente que no hacía más que exponer cómo eran las cosas exactamente: ni era su costumbre ni podía inventarse cosas por propia iniciativa. Pero lo mejor que tenía Dodo era que nunca se enfadaba durante mucho tiempo. Ahora, a pesar de que casi no se habían hablado en toda la tarde, cuando Celia dejó a un lado su labor con la intención de marcharse a la cama, procedimiento en el que siempre era la primera, Dorothea, que estaba sentada en un escabel, incapaz de concentrarse en nada salvo la meditación, dijo con el tono musical que en momentos de profundo pero quedo sentimiento convertían sus palabras en un hermoso recital:

-Celia, cariño, ven a darme un beso -extendiendo los brazos abiertos al tiempo que hablaba.

Celia se arrodilló para estar a la misma altura, y la besó suavemente mientras Dorothea la rodeaba dulcemente con los brazos y, con gesto serio, imprimía un beso en cada mejilla.

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