Middlemarch, Un estudio de la vida de las Provincias (George Eliot) Libros Clásicos

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Esto era algo que realmente podría llegar a molestarla de Dodo; bien estaba no aceptar a Sir James Chettam, pero ¡casarse con el señor Casaubon! ¡Vaya idea! Celia sintió una especie de vergüenza entremezclada con un sentido del absurdo. Pero quizá se podría disuadir a Dodo, si es que rayaba en semejante extravagancia; la experiencia había demostrado hartas veces que se podía contar con la impresionabilidad de su hermana. Era un día húmedo, y no iban a salir a pasear, de manera que ambas subieron a su cuarto de estar donde Celia observó que Dorothea, en lugar de ocuparse en algo con su acostumbrada diligencia, simplemente apoyó el codo sobre un libro abierto y miró por la ventana al enorme cedro, plateado por la humedad. Celia se aplicó al juguete que estaba haciendo para los hijos del coadjutor sin intención de abordar precipitadamente ningún tema.

En ese momento Dorothea pensaba que sería deseable que Celia supiera el considerable cambio que la posición del señor Casaubon había experimentado desde que visitara la casa por última vez; no parecía justo mantenerla en la ignorancia de lo que necesariamente habría de afectar su relación con él; pero resultaba imposible no rehuir decírselo. Dorothea se culpó de cierta mezquindad en esta timidez: siempre le resultaba odioso sentir cualquier pequeño temor o pesar acerca de sus acciones, pero en este momento buscaba toda la ayuda posible a fin de no temer lo corrosivo de la prosa llana de Celia. Su pensamiento se vio interrumpido, así como eliminada la dificultad de la decisión, por la voz pequeña y un tanto gutural de Celia que, en su tono usual, comentó:

-¿Viene alguien más a cenar, además del señor Casaubon?

-Que yo sepa, no.

-Espero que haya alguien más. Así no le oiré comerse la sopa de aquella manera.

-¿Qué hay de notable en cómo come la sopa?

-Por favor, Dodo, ¿es que no oyes cómo sorbe la cuchara? ¿Y te has fijado en cómo parpadea los ojos antes de hablar? No sé si Locke lo haría, pero lo siento por los que se sentaran enfrente de él si es que lo hacía.

-Celia -dijo Dorothea, con enfática seriedad-, te ruego que no hagas más comentarios de ese tipo.

-Pero, ¿por qué no? Son bien ciertos -respondió Celia que tenía sus razones para insistir, aunque empezaba a sentirse un poco asustada.

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