Middlemarch, Un estudio de la vida de las Provincias (George Eliot) Libros Clásicos

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-Hay muchas cosas que son ciertas y que sólo las mentes más vulgares comentan.

-Pues en ese caso pienso que las mentes vulgares deben ser bastante útiles. Creo que es una lástima que la madre del señor Casaubon no tuviera una mente más vulgar: le hubiera educado mejor -Celia estaba bastante atemorizada y dispuesta a salir corriendo ahora que había lanzado esta pequeña jabalina.

Los sentimientos de Dorothea habían ido formando una avalancha y no cabía ya una más pausada preparación. -Conviene que te diga, Celia, que estoy prometida al señor Casaubón.

Es probable que Celia no hubiera palidecido tanto nunca. De no ser por su habitual esmero de lo que tenía en las manos la pierna del hombrecito de papel que estaba haciendo se hubiera visto lesionada. Al momento puso a un lado la frágil figura y se quedó perfectamente quieta durante unos segundos. Cuando habló tenía la voz quebrada.

-Dodo, espero que seas muy feliz -su cariño de hermana no podía por menos que imponerse en estos momentos a cualquier otro sentimiento, y sus temores eran fruto del afecto.

Dorothea seguía dolida y agitada.

-Entonces, ¿está completamente decidido? -dijo Celia con un asombrado susurro-. ¿Y el tío lo sabe?

-He aceptado la proposición del señor Casaubon. Trajo la carta que la contenía. El lo sabía de antemano.

-Te pido disculpas si he dicho algo que te molestara, Dodo -dijo Celia con un sollozo. Nunca pensó que se sentiría así. Había algo fúnebre en todo el asunto y el señor Casaubon era como el clérigo que oficiaba, acerca del cual parecía indecoroso hacer ningún comentario.

-No importa, Kitty, no te apenes. Tú y yo nunca admiraríamos a las mismas personas. Yo a veces también molesto de la misma forma; tiendo a hablar con demasiada firmeza de quienes me disgustan.

Pese a esta magnanimidad, Dorothea aún estaba herida, quizá tanto por el velado asombro de Celia como por las pequeñas críticas que le había hecho. Por descontado que nadie en Tipton vería este matrimonio con agrado. Dorothea no conocía a nadie que opinara como ella respecto de la vida y las cosas más óptimas que ofrecía. Sin embargo, antes de finalizar la noche estaba muy feliz. Durante la hora de téte-à-téte con el señor Casaubon le habló con mayor libertad de la que jamás hubiera sentido antes, llegando a manifestarle su alegría ante el pensamiento de dedicarse a él y de saber cómo podía compartir e impulsar sus grandes objetivos.

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