Middlemarch, Un estudio de la vida de las Provincias (George Eliot) Libros Clásicos

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Era esto lo que hacía aparecer a Dorothea tan joven, y, según ciertos jueces, tan tonta, a pesar de su supuesta inteligencia: como por ejemplo, en este momento, que se echaba, metafóricamente hablando, a los pies del señor Casaubon y le besaba los cordones anticuados como si de un papa protestante se tratara. No pretendía en absoluto que el señor Casaubon se preguntara si la merecía, sino que simplemente se preguntaba a sí misma con ansiedad cómo podría llegar a merecerle a él. Antes de que partiera al día siguiente, se había decidido que la boda tendría lugar al cabo de seis semanas. ¿Por qué no? La casa del señor Casaubon estaba a punto. No era una rectoría, sino una mansión considerable, con muchas tierras. La rectoría estaba habitada por el coadjutor, a cargo de quien corrían todas las obligaciones salvo el sermón dominical.

CAPÍTULO VI

La lengua de mi dama es cual la hoja del prado,
Que te corta al golpearla con la mano ociosa.
Fino cortar es función suya:
ella divide con filo espiritual la semilla del mijo,
Y hace ahorros que resultan intangibles.


Al salir el carruaje del señor Casaubon por la verja, detuvo la entrada de un faetón tirado por una dama detrás de la cual iba sentada una criada. Es dudoso que el reconocimiento fuera mutuo, pues el señor Casaubon miraba distraídamente al frente; pero la dama tenía la vista aguda y saludó con un «¿Cómo está usted?» en el momento preciso. A pesar de su gorro ajado y viejo echarpe de lana, era evidente que la guardesa la consideraba un personaje importante por la inclinación profunda que hizo al entrar el pequeño faetón.

-Y bien, señora Fitchett, ¿qué tal ponen sus gallinas ahora? -dijo la dama morena y de ojos oscuros en un tono de voz decididamente cincelado.

-Pues lo que es poner, bien, señora, pero les ha dado por comerse sus propios huevos. No me dejan vivir en paz. -¡Vaya caníbales! Véndalas baratas cuanto antes. ¿A Cómo va el par? Tenga en cuenta que no se pueden comer aves de mal carácter a precios muy altos.

-Pues, a media corona. No puedo dárselas por menos. -¡Media corona, en estos días! Venga, venga, son para el caldo del domingo del rector. Ya se ha comido todas las nuestras que me sobran. Recuerde, señora Fitchett, que con el sermón queda ya medio pagada.

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