Diez negritos (Agatha Christie) Libros Clásicos

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Me pregunto si nuestro mister Owen no tiene intención de realizar sus fechorías por mano de un tercero.
-¡Explíquese usted! -le indicó el doctor.
-Vean mi idea. Después que se oyó el gramófono, ayer noche, Marston tuvo miedo y se envenenó. Todo eso debe formar parte del plan demoníaco de U. N. Owen.
Armstrong movió la cabeza y volvió nuevamente a hablar del cianuro.
-Había omitido este detalle -dijo Blove-. Efectivamente, no es natural llevar de aquí para allá un veneno de tal categoría encima... Pero entonces, ¿cómo estaba el veneno en el vaso de Marston?
-He reflexionado mucho sobre este detalle -dijo Lombard-. Ayer noche, Marston bebió varios vasos de alcohol. Pero se pasó cierto tiempo entre el último y el anterior. En este intervalo de tiempo su vaso estaba sobre una mesa. No afirmaré nada, pero me parece habérselo visto coger de la mesita que está cerca de la ventana que estuvo abierta. Alguien pudo echar el cianuro en el vaso.
-¿Sin que ninguno lo hubiese visto? -atajó, incrédulo, Blove.
-Estábamos pensando entonces en otra cosa -dijo Lombard.
-Es cierto -añadió el doctor-. Discutimos a más no poder, cada uno absorbido en sus ideas. Evidentemente es verosímil.
-Ha debido de ocurrir en esta forma -añadió Blove-. Pongámonos a trabajar en seguida. Sin duda, será inútil el preguntarles si tienen ustedes algún revólver. Esto sería estupendo.
-Yo tengo uno -anunció Lombard, tentándose el bolsillo.
Blove abrió mucho los ojos.
-¿Y lo lleva siempre consigo? -le preguntó en un tono natural.
-Siempre, por costumbre, pues he vivido en un país donde la vida de un hombre está amenazada constantemente.
-Quiero creer que jamás ha estado en un sitio tan peligroso como esta isla, pues el loco que se oculta aquí seguramente dispondrá de un arsenal, sin hablar de un puñal o una daga.
Armstrong se sobresaltó.
-Puede ser que usted se equivoque, Blove. Ciertos maniáticos homicidas son gentes tranquilas y aparentemente inofensivas... hasta deliciosas... a veces.
-Por mi parte, doctor -observó Blove-, no alimento ninguna ilusión respecto a este particular.


Los tres hombres comenzaron su exploración por la isla.
Fue lo más sencillo. En el noroeste la costa estaba cortada a pico y en el resto de la isla no había árboles y casi nada de malezas. Los tres recorrieron la isla de la cima a la playa, registrando por orden y escrupulosamente las más pequeñas anfractuosidades de las peñas que hubieran podido ser la entrada de alguna caverna; pero su búsqueda resultó infructuosa.

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