Doble culpabilidad (Agatha Christie) Libros Clásicos

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¿Sabe usted quién es, mademoiselle? ¿No lo ha visto antes?
-No, nunca; ¿por qué?
-Por nada. Sólo que resulta bastante curioso.
Poirot se sumió en uno de sus peculiares silencios y ya no intervino en la conversación hasta que oyó a Mary Durrant algo que captó su atención.
-¿Qué ha dicho? ¿Qué ha dicho, mademoiselle?
-Que en mi viaje de regreso deberé tener cuidado con los maleantes. Según tengo entendido, el señor Wood acostumbra a pagar al contado, y si llevo encima quinientas libras en billetes, puedo merecer la atención de algún indeseable.
De nuevo su risa no fue coreada por Poirot. En vez de ello le preguntó en qué hotel pensaba hospedarse en Charlock Bay.
-En el Hotel Anchor. Es pequeño y no muy caro; pero aceptable.
-¡Caramba! -exclamó Poirot-. Mi amigo, el señor Hastings, también ha elegido ese hotel. ¡Qué coincidencia!
Entonces se volvió hacia mí y me guiñó un ojo.
-Sólo esta noche. Hemos de resolver un asunto allí. ¿Adivina usted, mademoiselle, cuál es mi profesión?
Mary pareció sopesar algunas posibilidades. Al fin se aventuró a decir que, posiblemente, era prestidigitador. Esto divirtió mucho a Poirot.
-Es una excelente ocurrencia -dijo mi amigo-. ¿Así, usted me cree capaz de sacar conejos de un sombrero? No, mademoiselle. Soy todo lo contrario. Un prestidigitador hace que desaparezcan las cosas. Yo en cambio, hago que aparezcan -con aire de melodrama se inclinó hacia adelante para dar más efectividad a sus palabras-. ¡Es un secreto, mademoiselle! ¡Soy detective!
Luego se recostó sobre el respaldo de su silla complacido del efecto logrado. Mary lo miró, perpleja y sorprendida. Y allí murió la conversación, pues empezaron a oírse las bocinas de los monstruos de la carretera, dispuestos a reanudar la marcha.
Mientras Poirot y yo salíamos juntos, aludí al encanto de la señorita Durrant, y él estuvo de acuerdo.
-Sí, es encantadora. Pero, ¿no le parece algo tonta?
-¿Tonta?
-No se disguste. Una muchacha puede ser bella, tener el pelo rojizo y, no obstante, ser tonta. Es el colmo de la tontería confiarse a dos desconocidos.
-Quizá le parecemos respetables caballeros.
-No sea ingenuo, Hastings. Cualquiera que conozca su trabajo... Bien, de todos modos su aspecto es conforme. Claro que es infantil hablar de precauciones al regreso, porque llevará encima quinientas libras, cuando ahora también las lleva.
-¿Se refiere a las miniaturas?
-Exacto. Y le supongo de acuerdo conmigo en que no hay diferencia apreciable entre quinientas libras en moneda o en miniaturas, mon ami.

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