Doble culpabilidad (Agatha Christie) Libros Clásicos

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-Pero nadie lo sabe, excepto nosotros.
-Y el camarero, y la gente de las mesas vecinas, y, sin duda alguna, otras personas de Ebermouth. Desde luego es encantadora mademoiselle Durrant, pero si yo fuera la señorita Elizabeth Penn, le daría lecciones de sentido común -luego, tras leve cambio en el tono de su voz, dijo-: Amigo mío, es la cosa más fácil del mundo llevarse un maletín guardado en un autocar mientras sus ocupantes comen en un hotel.
-Poirot, no sea desconfiado. Seguro que alguien vigila los vehículos aparcados.
-¿Y qué vería ese alguien? Que un pasajero recoge su equipaje. La cosa se haría del modo más natural, sin levantar sospechas.
-¿Qué insinúa, Poirot? ¿Acaso el sujeto del traje castaño no cogió su propio maletín?
Poirot frunció el ceño.
-Eso parece. Aun así, no deja de ser curioso, Hastings. ¿Por qué no se llevó su maletín antes, a la llegada? Si se ha fijado, tampoco ha comido aquí.
-Desde luego, si la señorita Durrant no hubiera estado frente a la ventana, no se entera.
-Y puesto que era su propio maletín, eso carece de importancia-dijo Poirot-. Bien, mon ami, desterremos ese asunto de nuestros pensamientos.
Cuando estuvimos nuevamente acomodados en nuestros asientos y el coche en marcha, dimos a Mary otra conferencia sobre los peligros de la indiscreción. Ella nos escuchó con evidente humildad, si bien su aspecto, jocoso, era de quien oye un chiste.
Llegamos a Charlock Bay a las cuatro, y, por fortuna, logramos habitaciones en el hotel Anchor, un vetusto edificio en una calle de segundo orden.
Poirot acababa de sacar de su equipaje unas cuantas cosas necesarias y se aplicaba un cosmético a su bigote, cuando oímos unos golpes en la puerta.
-Adelante -invité.
Sorprendido, vi que era Mary Durrant, con el rostro blanco y gruesas lágrimas en los ojos.
-¿Qué sucede, mademoiselle? -preguntó Poirot.
-Las miniaturas se hallaban en una caja de piel de cocodrilo, cerrada con llave, dentro de mi maletín -explicó-. ¡Miren!
Nos mostró un estuche recubierto de piel de cocodrilo, cuya tapa colgaba a un lado. Poirot se la cogió de las manos. La caja había sido forzada. Las señales eran evidentes.
Mi amigo Poirot la examinó y luego asintió con un movimiento de cabeza.
-¿Y las miniaturas? -preguntó, si bien ambos sabíamos la respuesta.
-¡Me las han robado!
-No se preocupe-la tranquilicé-. Mi amigo es Hércules Poirot. ¿No ha oído hablar de él? Seguro que sí.

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