El caso del baile de la Victoria (Agatha Christie) Libros Clásicos

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Los pálidos ojos de mistress Davidson expresaron leve alarma y replicó vivamente:
-Oh, no, mucho antes. Inmediatamente después de cenar.
-Entiendo. Bien, esto es todo. No queremos molestarla más. Bonjour, madame.
-Bueno -dije cuando salíamos del edificio-. Ya está explicado el misterio del pompón verde.
-¡Hum!
-¡Oiga! ¿Qué quiere decir con eso?
-Se ha fijado, Hastings, en que he examinado el traje, ¿verdad?
-Sí.
-Eh bien, el pompón que faltaba no fue arrancado, como dijo esa señora, sino... cortado por unas tijeras, porque todas las hebras son iguales.
-¡Caramba! La cosa se complica...
-Por el contrario -repuso con aire plácido Poirot-, se simplifica cada vez más.
-¡Poirot! ¡Se me acaba la paciencia! -exclamé-. Su costumbre de encontrar todo tan sencillo es un agravante.
-Pero cuando me explico, diga, mon ami, ¿no es cierto que resulta muy simple?
-Sí, y eso es lo que más me irrita: que entonces se me figura que también yo hubiera podido adivinar fácilmente.
-Y lo adivinaría, Hastings, si se tomase el trabajo de poner en orden sus ideas. Sin un método...
-Sí, sí -me apresuré a decir, interrumpiéndole, porque conocía demasiado bien la elocuencia que desplegaba, cuando trataba de su tema favorito-. Dígame: ¿qué piensa hacer ahora? ¿Está dispuesto, de veras, a reconstruir el crimen?
-Nada de eso. El drama ha concluido. Únicamente me propongo añadirle... ¡una arlequinada!


Poirot señaló el martes siguiente como día a propósito para la misteriosa representación y he de confesar que sus preparativos me intrigaron de modo extraordinario. En un lado de la habitación se colocó una pantalla; al otro un pesado cortinaje. Luego vino un obrero con un aparato para la luz y finalmente un grupo de actores que desaparecieron en el dormitorio de Poirot, destinado provisionalmente a cuarto tocador. Japp se presentó poco después de las ocho. Venía de visible mal humor.
-La representación es tan melodramática como sus ideas -manifestó-. Pero, en fin, no tiene nada de malo y, como el mismo Poirot dice, nos ahorrará infinitas molestias y cavilaciones. Yo mismo sigo el rastro, he prometido dejarle hacer las cosas a su manera. ¡Ah! Ya están aquí esos señores.
Llegó primero Su Señoría acompañando a mistress Mallaby, a la que yo no conocía aún. Era una linda morena y parecía estar nerviosa. Les siguieron los Davidson. También vi a Cristóbal Davidson por vez primera. Era un guapo mozo, esbelto y moreno, que poseía los modales graciosos y desenvueltos del verdadero actor.

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