El caso del baile de la Victoria (Agatha Christie) Libros Clásicos

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Poirot dispuso que tomasen todos asiento delante de la pantalla, que estaba iluminada por una luz brillante. Luego apagó las luces y la habitación quedó, a excepción de la pantalla, totalmente sumida en tinieblas.
-Señoras, caballeros, permítanme unas palabras de explicación. Por la pantalla van a pasar por turno seis figuras que son familiares a ustedes: Pierrot y su Pierrette; Polichinela el bufón, y la elegante Polichinela; la bella Colombina coqueta y seductora, y Arlequín, el invisible para los hombres.
Y tras estas palabras de introducción comenzó la comedia. Cada una de las figuras mencionadas por Poirot surgieron en la pantalla, permanecieron en ella un momento en pose y desaparecieron. Cuando se encendieron las luces sonó un suspiro general de alivio. Todos los presentes estaban nerviosos, temerosos, sabe Dios de qué. Si el criminal estaba en medio de nosotros y Poirot esperaba que confesase a la sola presencia de una figura familiar, la estratagema había ya fracasado evidentemente, puesto que no se produjo. Sin embargo, no se descompuso, sino que avanzó un paso, con el rostro animado.
-Ahora, señoras y señores -dijo-, díganme, uno por uno, qué es lo que acaban de ver. ¿Quiere empezar, milord?
Este caballero quedó perplejo.
-Perdón, no le comprendo -dijo.
-Dígame nada más qué es lo que ha visto.
-Ah, pues... he visto pasar por la pantalla a seis personas vestidas como los personajes de la vieja Comedia italiana, o sea, como la otra noche.
-No pensemos en la otra noche, milord -le advirtió Poirot-. Sólo quiero saber lo que ha visto. Madame, ¿está de acuerdo con lord Cronshaw?
Se dirigía a mistress Mallaby.
-Sí, naturalmente.
-¿Cree haber visto seis figuras que representan a los personajes de la Comedia italiana?
-Sí, señor.
-¿Y usted, monsieur Davidson?
-Sí.
-¿Y madame?
-Sí.
-¿Hastings? ¿Japp? ¿Sí? ¿Están ustedes de completo acuerdo?
Poirot nos miró uno a uno; tenía el rostro pálido y los ojos verdes tan claros como los de un gato.
-¡Pues debo decir que se equivocan todos ustedes! -exclamó-. Sus ojos mienten... como mintieron la otra noche en el baile de la Victoria. Ver las cosas con los propios ojos, como vulgarmente se dice, no es ver la verdad. Hay que ver con los ojos del entendimiento; hay que servirse de las pequeñas células grises. ¡Sepan, pues, que lo mismo esta noche que la noche del baile vieron sólo cinco figuras, no seis! ¡Miren ustedes!

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