La herencia de los Lemesurier (Agatha Christie) Libros Clásicos

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-¿No le han llamado la atención, Hastings, esas muertes casuales de los Lemesurier? ¿No le parece que todas ellas han podido ser preparadas de antemano? Por ejemplo, la de Vicente; luego la del estudiante de Eton. Un accidente es casi siempre algo ambiguo. Suponiendo que este mismo niño, hijo de Hugo, hubiera fallecido como resultado de su caída por la ventana, ¿qué cosa tan natural y tan poco sospechosa? Porque, ¿quién sale beneficiado de su muerte? Su hermanito, un niño de siete años. ¡Es absurdo!
-Quizá pretenden, más adelante, desembarazarse de él también -sugerí yo alimentando una idea vaga de quién o quiénes lo pretendían.
Poirot movió la cabeza. La sugerencia no le satisfacía, era evidente.
-Envenenamiento por ptomanía -murmuró-. La atropina presenta casi los mismos síntomas. Sí, nuestra presencia allí es indispensable. Hay que descubrir... o bien... evitar o...
Mistress Lemesurier nos recibió con entusiasmo. En seguida nos llevó al estudio de su marido y nos dejó en él. Hugo había cambiado mucho desde la primera guerra. Sus hombros se inclinaban todavía más hacia delante y su rostro tenía un curioso tinte gris pálido. Poirot le explicó el motivo de nuestra visita y le escuchó con atención.
-¡Es muy propio del sentido común de Sadie! -dijo al final-. De todos modos, monsieur Poirot, le agradezco que haya venido; pero lo escrito, escrito está. La vida del trasgresor es dura. Nosotros, los Lemesurier, lo sabemos, ninguno de nosotros escapará a su destino.
Poirot le habló de la hiedra cortada, pero el hecho causó poca impresión a Hugo.
-No cabe duda que fue obra de un jardinero poco cuidadoso... Sí, sí, tiene que haber un instrumento, pero el fin es simple; y no se demorará mucho, sépalo, monsieur Poirot.
Éste le miró con atención.
-¿Por qué dice eso?
-Porque yo mismo estoy sentenciado. El año pasado fui a ver a un médico y padezco una enfermedad incurable. El fin está próximo, pero antes de que yo fallezca se llevarán a Ronald. Gerald le heredará.
-¿Y si le sucediera algo también a su segundo hijo?
-No le sucederá nada; nada le amenaza.
-Pero, ¿y si le sucediera? -insistió Poirot.
-Mi primo Roger sería su heredero.
Alguien vino a interrumpir nuestra conversación. Era un caballero alto, de arrogante figura, de cabello rizado, color de cobre, que entró llevando unos papeles en la mano.
-Bien, deje eso, Gardiner y no se preocupe -dijo Hugo Lemesurier- Mi secretario, míster Gardiner.

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