Las manzanas (Agatha Christie) Libros Clásicos

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Está relacionada con la coronaria...
-¿No se habló de realizar ninguna encuesta sobre la muerte de esa señora? Spence movió la cabeza de un lado para otro.
-Son cosas que se han dado antes -manifestó Poirot-. A una mujer ya entrada en años se le dice que tenga cuidado, que no suba ni baje corriendo las escaleras, que no se entregue a las prácticas de jardinería, siempre demasiado violentas, y así sucesivamente. Pero cuando se trata de una señora enérgica que se ha dedicado con entusiasmo toda su vida a la jardinería, lo usual es que mire todas esas recomendaciones con muy poco respeto.
-Es verdad. La señora Llewellyn-Smythe convirtió la cantera en algo maravilloso... Bueno, esto, en verdad, fue obra del artista que contrató. Tres o cuatro años estuvieron trabajando en aquella empresa. Ella había visto algunos jardines, en Irlanda, creo, con motivo de un «tour» de aficionados. Pensando en cuanto tuvo ocasión de admirar durante aquel viaje, su finca quedó bellamente transformada. ¡Oh, sí! Aquello había que verlo para creerlo.
-Nos enfrentamos, pues aquí -dijo Poirot-, con una muerte natural, certificada por el médico de la localidad. ¿Se trata del mismo médico que hay aquí ahora, a quien en breve voy a ver?
-Es el doctor Ferguson, sí. Tendrá ahora unos sesenta años. Es un buen médico. Aquí le quiere todo el mundo.
-Con todo, hubo alguien que pensó en la posibilidad de que la anciana muriera asesinada. ¿Existen otras razones aparte de las que ya hemos estudiado?
Pensemos en la chica au pair -sugirió Elspeth.
¿Por qué?
Esa muchacha debió falsificar el testamento. ¿Quién hizo tal cosa si no fue ella?
Usted no se ha acordado de decirme alguna cosa... -comentó Poirot-. Qué significa esa historia referente a un testamento falsificado?
Bueno... Hubo un pequeño alboroto cuando llegó el momento de probar la autenticidad del testamento de la dama fallecida...
¿Tratábase de un testamento nuevo?
-Era lo que en términos legales se denomina un codi... un codicilo...
Elspeth se quedó con la mirada fija en Poirot, quien asintió.
-La mujer había hecho varios testamentos antes -aclaró Spence-. Todos venían a ser lo mismo: donativos para las fundaciones benéficas, legados para los servidores más antiguos, etcétera. Ahora bien, lo esencial de su fortuna, en todos esos documentos, iba a parar a su sobrino y a la esposa de éste, quienes eran sus parientes más cercanos.
-¿Y en cuanto al codicilo.

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