Las manzanas (Agatha Christie) Libros Clásicos

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Lo ha sido siempre, realmente. Es decir, lo fue... Pensé: "Bueno, ¿y por qué sale Leopold de la biblioteca ahora, en lugar de encontrarse en la habitación en que se lleva a cabo el episodio del «Snapdragon»? ¿Qué ha estado haciendo que tiene una cara tan rara?" Supongo que me alteró bastante la expresión de su faz. En un torpe movimiento, se me escapó el jarrón de entre las manos. Elizabeth me ayudó en la tarea de recoger los fragmentos de vidrio. Regresé al sitio en que se llevaba a cabo el juego del «Snapdragon» y ya no volví a pensar en aquello. Hasta que encontramos el cuerpo de Joyce. Y entonces fue cuando reflexioné, diciéndome...
-Usted pensó en Leopold como el autor del crimen.
-Sí, sí. Es lo que pensé. Me dije que quedaba explicado así su sorprendente gesto. Pensé estar en el secreto de todo lo sucedido. Sabía ya a qué atenerme. A lo largo de mi existencia he tenido que reflexionar mucho y casi siempre, de resultas de ello, sé elegir el camino más seguro. ¡Ah! Pero yo, como todo el mundo, a veces me equivoco, naturalmente.
Su muerte, ahora, da a entender algo completamente distinto de la primera interpretación. El chico pudo haber entrado en aquella estancia, encontrando a su hermana, muerta, lo cual le produciría una tremenda impresión, sintiendo en seguida una oleada de pánico. Quiso salir del cuarto sin que nadie le viera. Al mirar hacia arriba me descubriría a mí y volvería rápidamente a la biblioteca. Cerró la puerta, aguardando para salir a que el vestíbulo se encontrase desierto. Él no mataría a la chiquilla. No. El susto que denotaba procedía de haber encontrado inesperadamente su cadáver.
-¿Y por qué calló usted? Usted no reveló la identidad de la persona que había visto, ni siquiera tras el descubrimiento del cadáver.
-No. No podía... Es... era muy joven. Diez... Once años, todo lo más, tendría. Pensé que no era posible que se hubiese dado cuenta cabal de lo que había hecho. Toda la culpa no era imputable a él. Moralmente, quizá, no fuera responsable. Había sido siempre muy raro y me dije que existía la posibilidad de lograr algún tratamiento adecuado para variar su modo de ser. No se podía dejar todo en manos de la policía. No podía ser enviado a los sitios de costumbre en estos casos. Un tratamiento psicológico especial, bien meditado, era lo que le hacía falta a aquella criatura.

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