Las manzanas (Agatha Christie) Libros Clásicos

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.. Mis propósitos eran buenos, monsieur Poirot. Debe creerme. Yo no abrigaba malas intenciones.
-¡Qué palabras tan tristes! -pensó Poirot-. Son las palabras más tristes que he oído en mucho tiempo. La señora Drake debía de estar figurándose lo que pasaba por el cerebro de su interlocutor.
Sí -insistió ella-. Procedí de ese modo porque creí que no se me ofrecía otro camino mejor. Mi intención era buena. Una cree siempre estar en el secreto de lo que más conviene a las demás personas, pero se equivoca a menudo... El desconcierto que reflejaba el rostro del muchacho debió nacer de haber visto él al criminal o de haber descubierto algún detalle, una pista, que hubiese podido llevar hasta aquél. El asesino debió de ver algo más adelante que le dio a entender que no se encontraba a salvo. Entonces se dedicó a aguardar una ocasión propicia... Finalmente, habiendo hallado al chico sólo, le ahogó en un arroyo. Así cerraba su boca para siempre. ¡Oh! Si yo hubiese hablado, si me hubiese decidido a contárselo todo a usted, o a la policía, o a cualquier otra persona del poblado... Pero creí proceder mejor de la otra manera...
Poirot había tenido la vista fija en la señora Drake, que se esforzaba por contener sus sollozos.
-Una de las cosas que he sabido -declaró-, es que el pequeño Leopold disponía de bastante dinero recientemente. Alguien debía de estar pagándole su silencio.
-Sí, pero, ¿quién? ¿Quién?
-Ya lo averiguaremos -contestó Poirot-. No tendrá que transcurrir ya mucho tiempo...


CAPITULO XII
No era peculiar en Hércules Poirot la demanda de la ajena opinión. Habitualmente, se sentía satisfecho con sus propias convicciones. Sin embargo, había veces en que hacía excepciones. Aquélla era una de éstas.
El y Spence charlaron brevemente. A continuación, Poirot se puso al habla con un servicio de automóviles de alquiler. Otra breve conversación con su amigo y el inspector Raglán se puso en camino. Tenía que dirigirse con el coche a Londres, pero hizo un alto en plena ruta. Se dirigió luego a «Los Olmos». Anunció al conductor del vehículo que no tardaría en volver, que estaría en el edificio un cuarto de hora todo lo más. Seguidamente, solicitó ser recibido por la señorita Emilyn.
-Lamento molestarla a esta hora. Seguramente, es para usted la de la cena.
-Monsieur Poirot; no puedo sentirme molesta por su presencia aquí, si su visita es justificada.

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