Las manzanas (Agatha Christie) Libros Clásicos

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-Es usted muy amable. Con franqueza: necesito su consejo.
-¿De veras?
La señorita Emilyn se mostró ligeramente sorprendida. Bueno, había algo más que sorpresa en su rostro: había un profundo escepticismo.
-Eso no parece estar muy de acuerdo con su manera de ser, monsieur Poirot. ¿No se siente habitualmente satisfecho con sus propias opiniones?
-Sí. Me siento satisfecho con mis propias opiniones, pero me sentiría auténticamente respaldado y tranquilo si alguien cuyo modo de pensar al respecto estuviese de acuerdo conmigo.
Ella no habló, limitándose a mirarle fijamente a los ojos.
-Sé quién es el asesino de Joyce Reynolds -manifestó Poirot-. Estoy firmemente convencido de que usted también conoce su identidad.
-Yo no diría eso -respondió la señorita Emilyn-. No lo he dicho.
-Usted no lo ha dicho, desde luego. Y tal hecho puede inducirme a pensar que se trata por su parte de una opinión solamente.
-¿De una corazonada? -inquirió la señorita Emilyn. Su tono fue ahora más frío que nunca.
-Preferiría no verme obligado a utilizar esa palabra. Preferiría decir que usted se ha formado una opinión concreta.
-Muy bien, entonces. Admitiré que me he formado una opinión concreta. Eso no significa que esté obligada a dársela a conocer.
-Lo que yo quisiera, mademoiselle, es escribir cuatro palabras en un trozo de papel. Luego, le preguntaré si está de acuerdo con lo que yo haya (anotado.
La señorita Emilyn se puso en pie. Cruzó la habitación, en dirección a su mesa, cogió un papel y se aproximó a Poirot con él.
-Ha conseguido usted despertar mi interés -manifestó-. Cuatro palabras.
Poirot había sacado de un bolsillo de su americana una pluma. Escribió algo en el papel, dobló el mismo y lo puso en manos de ella. La señorita Emilyn procedió a desdoblar parsimoniosamente la hoja, fijando la vista en su texto.
-¿Y bien?
-Por lo que respecta a dos de las palabras que figuran en el texto, estoy de acuerdo con usted, sí. En lo tocante a las otras dos, lo encuentro más difícil. Carezco de pruebas, realmente, y no se me había ocurrido la idea.
-Pero por lo que se refiere a los dos primeros vocablos..., ¿tiene pruebas concretas?
-Yo considero que sí.
-Agua -dijo Poirot, pensativo-. Nada más oír eso, usted lo supo. Nada más oír eso, yo lo supe. Usted está segura; yo también. Y ahora -añadió Poirot-, un niño ha muerto ahogado en un arroyo, en una corriente de agua.

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