Las manzanas (Agatha Christie) Libros Clásicos

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Antes de marcharme, sin embargo, tengo que despedirme de una de mis amigas.
-Es que nos vamos ahora mismo prácticamente.
-¡Oh! No tardaré. Debo justificarme, ¿sabes? Prometí hacer ciertas cosas y ahora, ya ves...
Miranda echó a correr por el jardín, perdiéndose por la abertura del seto.
-¿Y quiénes son los amigos habituales de Miranda? -preguntó la señora Oliver, con curiosidad.
-Nunca lo he sabido realmente -informó Judith-. Esta chica no dice nada nunca. En ocasiones me figuro que los únicos amigos que tiene son los pájaros, las aves en general, que se dedica a observar. Y otros pobladores de la campiña. Las ardillas, por ejemplo. Creo que es una niña que cae bien en todas partes, pero no sé que tenga amigos especiales... Muy de tarde en tarde invita a sus amigos a tomar el té. Yo creo que su mejor amiga fue siempre Joyce Reynolds -la señora Butler añadió-: Joyce le refería cosas fantásticas, le hablaba de elefantes y tigres -la madre de Miranda hizo una pausa-. Bueno ya que usted ha insistido tanto, habré de ponerme a preparar nuestros efectos personales. No quisiera irme, sin embargo. Me dejo muchas cosas a medias. Esta mermelada, que estaba preparando... ¡Oh! No es posible.
-Tenemos que marcharnos, Judy -dijo la señora Oliver.
Judith sacó de una habitación un par de maletas. Miranda se plantó inesperadamente en la puerta, respirando de una manera agitada. Había vuelto corriendo.
-¿Es que no vamos a comer primero? -inquirió. A pesar de su aspecto de personaje menudo del bosque, era una criatura llena de salud, que disfrutaba comiendo.
-Por el camino comeremos. Haremos un alto en cualquier parte -anunció la señora Oliver-. Nos detendremos en «El Muchacho Negro» de Haversham. Lo pasaremos bien. El establecimiento se encuentra a unos tres cuartos de hora de aquí y sirven allí unas comidas estupendas. En marcha, Miranda. Esto no vamos a dejarlo para luego, ¿sabes?
-Ya no dispongo de tiempo para decirle a Cathie que no puedo ir al cine con ella mañana. Quizá sería mejor que la telefoneara...
-Venga, date prisa -recomendó la madre.
Miranda entró en el cuarto de estar, donde se encontraba el teléfono. Judith y la señora Oliver colocaron las maletas en el coche. Miranda salió de la habitación.
-Dejé un recado -declaró, casi sin aliento-. Ya está todo en orden.
-Creo que está usted loca, Ariadne -dijo Judith nada más entrar en el vestíbulo-.

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