Las manzanas (Agatha Christie) Libros Clásicos

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-¿Le inspiraba miedo?
-Miedo, sí, no sé por qué. No es que temiera lo que pudiese hacerme en un momento determinado... Me daba miedo su carácter. Le veía amable, pero detrás de esa amabilidad observaba una frialdad terrible y una rudeza amedrentadora. Me aterrorizaba su pasión por la belleza, su ansia de creación dentro de su trabajo. No le comuniqué que iba a tener un hijo. Le dejé... Más tarde nació Miranda. Inventé la historia del esposo piloto de aviación, muerto en accidente. Fui de un lado para otro. Una extraña casualidad, me trajo a Woodleigh Common. Tenía amistades en Medchester, donde pude colocarme como secretaria.
-Y luego apareció por aquí Michael Garfield...
-Sí. Tenía que llevar a cabo una serie de trabajos en Quarry House. Esto no me causó ninguna impresión. A él le pasó lo mismo. Aquella historial pertenecía al pasado, pero más adelante, aunque no sabía que Miranda visitaba con excesiva frecuencia sus jardines, empecé a sentirme preocupada...
-Sí -corroboró Poirot-. Existía un lazo de cierto carácter entre ellos. Les unía una afinidad natural. Descubrí su semejanza... La diferencia radicaba en que Michael Garfield era un seguidor de Lucifer, por lo cual la belleza que perseguía tenía un signo negativo, maligno. Su hija, en cambio, era un ser inocente, una criatura que carecía de maldad en sus acciones.
Poirot sacó un sobre. De éste extrajo un dibujo a lápiz, de delicados trazos.
-Su hija -explicó.
Judith lo miró. Al pie del papel se veía escrito un nombre: «Michael Garfield».
-Hizo este dibujo junto a la corriente de agua -manifestó Poirot-, en los jardines de Quarry House. Dijo que lo hacía para no olvidarla... Temía olvidarla, por lo visto. Pero nada le hubiera impedido matar a la chica.
Poirot señaló una palabra escrita con lápiz en la parte superior de la cuartilla, a la izquierda.
-¿Ha leído eso?
Ella deletreó el vocablo, lentamente.
-Ifigenia.
-Sí -confirmó Poirot-: Ifigenia. Agamenón sacrificó a su hija, con objeto de que soplara un viento propicio, que llevara sus buques a Troya. Michael habría sacrificado a su hija con el fin de hacerse con un nuevo Jardín del Edén.
-Él sabía muy bien lo que estaba haciendo -dijo Judith-. Yo me pregunto si habría llegado a sentir algún pesar.
Poirot no contestó. Su mente forjó la imagen de un joven de singular belleza física, tendido junto a la piedra megalítica marcada con el signo del hacha doble, sosteniendo entre sus dedos sin vida la copa dorada que había asido y vaciado al ser salvada inesperadamente su víctima y caer él en manos de la justicia.

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