Los relojes (Agatha Christie) Libros Clásicos

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- Me han procurado ya un cuadro borroso de la victima y del
asesino. Nada más que eso. El crimen ha sido inteligentemente
planeado y llevado a cabo... Pero ahora surgía un detalle de mala
suerte, ése que jamás logran prever las mentes criminales.
- ¿Cuál? - inquirió Hardcastle.
Inesperadamente, Poirot echó la cabeza hacia atrás, recitando en
tono dramático:
Por falta de un casco se perdió la herradura,
Por falta de una herradura se perdió el caballo,
Por falta de un caballo se perdió la batalla,
Por falta de una batalla se perdió el Reino,
Y todo por la falta de un casco de caballo.
Hércules Poirot se inclinó hacia delante.
- Muchas eran las personas que podían haber asesinado al señor
Curry. Sólo una en cambio pudo haber matado o tenido una razón
para matar a la joven Edna Brent.
Hardcastle y yo éramos todo oídos.
- Estudiemos el «Cavendish Secretarial Bureau». Trabajan en él
ocho chicas. El 9 de septiembre cuatro de las muchachas habían
salido para atender a unos clientes de la firma. Como los domicilios
de éstas quedaban a cierta distancia del «Bureau», la comida de las
jóvenes corría a su cargo. Eran las cuatro que normalmente cogen
el primer turno de la comida del mediodía, 12:30 a 1:30. Las
restantes, Sheila Webb, Edna Brent, Janet y Maureen, toman el
segundo turno, de 1:30 a 2:30. Pero aquel día Edna Brent sufre un
accidente a los pocos minutos de abandonar la oficina. Pierde el
tacón de uno de sus zapatos en un enrejado del pavimento. No
puede andar así por la calle. En consecuencia compra unos bollos y
vuelve al trabajo.
Poirot señaló alternativamente con el dedo.
- Se nos ha dicho que Edna Brent anda preocupada por algo. Hace
cuanto está en su mano para ver a Sheila fuera de la oficina, pero
no lo consigue. Ha sido supuesto que se trata de una cosa que
atañe a su compañera, pero no hay pruebas de ello.

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