Los relojes (Agatha Christie) Libros Clásicos

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más absoluta tranquilidad. Oprimí el botón del timbre. Abrió la
puerta la señorita Millicent Pebmarsh.
- Soy Colin Lamb - le dije- . ¿Me permite que entre? Quisiera
hablar con usted unos instantes.
- Pase.
La dueña de la casa me precedía. Encaminóse al cuarto de estar.
- Está usted pasando una larga temporada aquí, señor Lamb, por
lo que veo. Tengo entendido que no pertenece a la plantilla de
policía de la localidad...
- Y no anda usted descaminada. En realidad creo que sabe
perfectamente quién soy yo... desde la primera vez que hablamos.
- No estoy muy segura de entender bien sus palabras.
- He sido un estúpido, señorita Pebmarsh. Vine a Wilbraham
Crescent en su busca. La encontré el primer día y, ¡ni siquiera me di
cuenta de todo ello!
- Es posible que todo lo del crimen le distrajera.
- También me conduje estúpidamente al contemplar un trozo de
papel de cierto modo.
- ¿Y a qué viene todo esto?
- Viene a cuento de que el juego ha terminado, señorita Pebmarsh.
He descubierto el lugar en que son elaborados determinados
planes. Los documentos y apuntes necesarios para la confección de
los mismos son conservados por usted, la encargada de
transcribirlos al sistema Braille. Los informes conseguidos por
Larkin en Portlebury fueron pasados a usted. De sus manos,
aquéllos continuaron viaje hasta su punto de destino por medio de
Ramsay. Este, cuando era preciso, visitaba esta casa durante la
noche utilizando el jardín. En el suyo dejó caer una moneda checa
un día...
- Un descuido por su parte.
- Todos incurrimos en descuidos antes o después. Su «camuflaje»
ha sido excelente. Es usted ciega, trabaja en una institución que
atiende a la educación de los niños invidentes, lo que le da ocasión
de tener en su domicilio muchos libros escritos en el sistema Braille,
algunos de los cuales pertenecen a sus alumnos... Es usted,

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