Testigo de cargo (Agatha Christie) Libros Clásicos

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¿Quién le dijo que gozaba de buena posición económica?
-Mi amigo Jorge Harvey, en cuya casa se celebraba la fiesta.
-¿Es probable que él lo recuerde?
-No lo sé, la verdad. Claro que ya ha pasado tiempo.
-Cierto, señor Volé. Comprenda, el principal interés de la parte fiscal será establecer que usted se encontraba falto de recursos..., lo cual es cierto, ¿no es así?
Leonardo Volé enrojeció.
-Sí -dijo en voz apagada-. Desde entonces he tenido una suerte infernal.
-Cierto -repitió el señor Mayherne-. Y estando, como digo, falto de recursos económicos, conoció a esta anciana acaudalada y cultivó su amistad asiduamente. Ahora bien, si estuviéramos en posición de poder decir que usted no tenía la menor idea de que era rica, y que la visitó únicamente por pura cortesía...
-Que es la verdad...
-Lo creo. No trato de discutírselo. Lo miro desde el punto de vista externo. Depende mucho de la memoria del señor Harvey. ¿Es probable que recuerde esa conversación? ¿Sí o no? ¿Podríamos convencerle de que tuvo lugar más tarde?
Leonardo Volé reflexionó unos instantes, y luego dijo con bastante firmeza, pero muy pálido:
-No creo que eso surtiera efecto, señor Mayherne. Varios de los presentes oyeron su comentario, y un par de ellos bromeaban diciéndome que había conquistado a una vieja rica.
El abogado procuró esconder su desaliento con un ademán.
-Es una lástima -dijo-. Pero le felicito por su llaneza, señor Volé, Es usted quien debe guiarme, y tiene razón. El seguir la pauta indicada por mí, hubiera sido desastroso. Debemos dejar ese punto. Usted conoció a la señorita French, la visitó y su amistad fue progresando. Necesitamos una razón clara para todo esto. ¿Por qué un joven de treinta y tres años, bien parecido, aficionado a los deportes, popular entre sus amigos, dedicó tanto tiempo a una anciana con la que no podía tener absolutamente nada en común?
Leonardo Volé extendió ambas manos en un gesto de impotencia.
-No sabría decirle..., la verdad es que no sabría explicárselo.
«Después de la primera visita, me instó a que volviera, diciéndome que se sentía sola y desgraciada, y se me hizo difícil negarme. Me mostraba tan abiertamente su simpatía y afecto que me colocaba en una posición violenta. Comprenda, señor Mayherne, tengo un carácter débil..., soy de esas personas que no saben decir que no. Y me crea usted o no, como prefiera, después de la tercera o cuarta visita descubrí que iba tomándole verdadero afecto.

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