Testigo de cargo (Agatha Christie) Libros Clásicos

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-¿Le dijo Leonardo que yo le quería? -preguntó en voz baja-. ¡Ahí, sí! Comprendo. ¡Qué estúpidos son los hombres! Estúpidos... estúpidos... estúpidos.
De pronto se puso en pie, y toda la intensa emoción que el abogado percibiera en la atmósfera ahora se concentró en su tono.
-¡Le odio, se lo aseguro! Le odio. Le odio. ¡Le odio! Me gustaría verlo colgado del cuello hasta que muriera.
El abogado retrocedió ante el apasionamiento que brillaba en sus ojos.
Ella avanzó con decisión un paso más, continuó con vehemencia:
-Y quizá lo vea. Supongamos que yo digo que no llegó a casa aquella noche a las nueve y veinte, sino que a las diez y veinte. Usted dice que él asegura no saber nada del dinero que iba a heredar, pues suponga que yo digo que lo sabía, que contaba con él, y que cometió el crimen para conseguirlo. ¿Y si dijera que aquella noche al llegar a casa me confesó que lo había hecho, y que traía la americana manchada de sangre? ¿Entonces qué? Supongamos que me presento en el juzgado y digo todas estas cosas...
Sus ojos parecían desafiarle, y abogado hizo un esfuerzo para disimular su creciente desaliento procurando hablar en tono normal.
-No pueden pedirle que declare contra el marido...
-¡No es mi marido!
El silencio fue tan intenso que podría haberse oído caer una hoja.
-Yo fui actriz en Viena. Mi esposo vive, pero se halla interno en un manicomio, por eso no pudimos casarnos. Ahora me alegro -terminó con aire retador.
-Quisiera que me dijese una cosa -continuó el señor Mayherne tratando de parecer tan natural como siempre-. ¿Por qué está tan resentida con Leonardo Volé?
Ella meneó la cabeza, en ademán negativo, sonriendo ligeramente.
-Sí, le gustaría saberlo. Pero no se lo diré. Ése será mi secreto.
El señor Mayherne se puso en pie lanzando su tosecilla característica.
-Entonces me parece innecesario prolongar esta entrevista -observó-. Volverá a tener noticias mías en cuanto me haya comunicado de nuevo con mi cliente.
Se acercó a él mirándole con sus maravillosos ojos oscuros.
-Dígame -le dijo-, ¿creía usted... con sinceridad... que él era inocente?
-Sí -replicó el señor Mayherne.
-Pobrecillo -rió ella.
-Y aún lo sigo creyendo -terminó el abogado-. Buenas noches, señora.
Y salió de la estancia llevando impresa en su memoria su expresión asombrada. ¡Vaya asunto endiablado!, dijóse mientras enfilaba la calle.
Era extraordinario.

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