Testigo de cargo (Agatha Christie) Libros Clásicos

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Romaine negó todas estas acusaciones con la mayor insolencia.
Luego llegó la sorpresa: la presentación de la carta que fue leída en voz alta y en medio del mayor silencio.
¡Queridísimo Max, el Destino le ha puesto en nuestras manos! Ha sido detenido acusado de asesinato... sí, por el asesinato de una anciana. Leonardo, que no sería capaz de hacer daño a una mosca. Al fin lograré mi venganza. ¡Pobrecillo! Diré que aquella noche llegó a casa manchado de sangre... y que me lo confesó todo. Haré que lo ahorquen, Max, y cuando penda de la cuerda, comprenderá que fue Romaine quien le condenó... Y después... ¡La felicidad, amor mío! ¡La felicidad por fin!
Los peritos se encontraban presentes para testificar que la letra era de Romaine Heilger, pero no fue necesario. Al terminar la lectura de la carta, Romaine se desmoralizó confesándolo todo. Leonardo Volé había regresado a su casa a la hora que dijo, las nueve y veinte, y ella había inventado toda la historia para perderle.
Con la confesión de Romaine Heilger, el caso perdió interés, sir Charles hizo comparecer a sus pocos testigos; y el propio acusado refirió su declaración con aire digno, resistiendo sin desfallecer las preguntas del abogado fiscal.
La parte fiscal trató inútilmente de seguir acusando, y aunque el resumen del juez no fue del todo favorable al acusado, el jurado no necesitó mucho tiempo para deliberar y pronunció su veredicto:
-Inocente.
¡Leonardo Volé estaba de nuevo en libertad!
El menudo señor Mayherne se levantó apresuradamente para felicitar a su cliente, pero sin darse cuenta se encontró limpiando sus lentes. Su esposa le dijo, precisamente, la noche antes, que aquello se había convertido en una costumbre. Son curiosas las costumbres de las personas... y uno mismo no se da cuenta de ellas.
Un caso interesante... interesantísimo... aquella mujer: Romaine Heilger. Le había parecido una mujer pálida y tranquila en su casa de .Paddington, pero en la audiencia se había mostrado vehemente, inflamándose como una flor tropical.
Si cerraba los ojos volvía a verla, alta y apasionada, con su exquisito cuerpo ligeramente inclinado hacia delante y cerrando y abriendo inconscientemente la mano derecha.
Son curiosas las costumbres. Aquel gesto de su mano debía serlo también, y, no obstante, había visto hacerlo a alguna otra persona últimamente... bastante últimamente. ¿Quién sería? Contuvo el aliento al recordarlo de pronto. Aquella mujer de Shaw´s Rents...
Permaneció inmóvil mientras la cabeza le daba vueltas.

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