El caso de Charles Dexter Ward (Howard Phillips Lovecraft) Libros Clásicos

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Le gustaba llegar allí al atardecer cuando los rayos del sol poniente tocan los muros del mercado y los tejados centenarios, envolviendo en oro y magia los muelles soñadores donde antaño fondeaban las naves de los indios de Providence. Tras una prolongada contemplación se embriagaba con amor de poeta ante el espectáculo, y en aquel estado emprendía el camino de regreso a la luz incierta del atardecer subiendo lentamente la colina, pasando junto a la vieja iglesita blanca y recorriendo callejas empinadas donde los últimos reflejos del sol atisbaban desde los cristales de las ventanas y las primeras luces de los faroles arrojaban su resplandor sobre dobles tramos de peldaños y extrañas balaustradas de hierro forjado.
Otras veces, sobre todo en años posteriores, prefería buscar contrastes más vivos. Dedicaba la mitad de su paseo a los barrios coloniales semiderruidos situados al noroeste de su casa, allí donde la colina desciende hasta la pequeña meseta de Stampers Hill, con su ghetto y su barrio negro arracimados en torno a la plaza de donde partía la diligencia de Boston antes de la Independencia, y la otra mitad al bello reino meridional de las calles George, Benevolent, Power y Williams, donde permanecen incólumes las antiguas propiedades rodeadas de jardincillos cercados y praderas empinadas en que reposan tantos y tantos recuerdos fragantes. Aquellos paseos, y los diligentes estudios que los acompañaban, contribuyeron a fomentar una pasión por lo antiguo que terminó expulsando al mundo moderno de la mente de Ward. Sólo ellos nos proporcionan una idea de las características del terreno mental en el que fue a caer, aquel fatídico invierno de 1919-1920, la semilla que produjo tantos y tan extraños frutos.
El doctor Willett está convencido de que, hasta el primer cambio que se produjo en su mente aquel invierno, la afición de Charles Ward por las cosas antiguas estuvo desprovista de toda inclinación morbosa. Los cementerios sólo le atraían por su posible interés histórico, y su temperamento era pacífico y tranquilo. Luego, paulatinamente, pareció desarrollarse en él la extraña secuela de uno de sus triunfos genealógicos del año anterior: el descubrimiento, entre sus antepasados por línea materna, de un hombre llamado Joseph Curwen que había llegado de Salem en 1692 y acerca del cual se susurraban inquietantes historias.
El tatarabuelo de Ward, Welcome Potter, se había casado en 1785 con una tal «Ann Tillinghast, hija de Mrs. Eliza, hija a su vez del capitán James Tillinghast».

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