El caso de Charles Dexter Ward (Howard Phillips Lovecraft) Libros Clásicos

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En 1760, Joseph Curwen era virtualmente un proscrito sospechoso de vagos horrores y demoníacas alianzas, mucho más amenazadoras por el hecho de que nadie podía precisarlas, ni entenderlas, ni mucho menos demostrar su existencia. La gota que vino a desbordar el vaso pudo ser muy bien el caso de los soldados desaparecidos en 1758. En marzo y abril de aquel año, dos regimientos reales de paso para Nueva Francia fueron acuartelados en Providence produciéndose en su seno una serie de inexplicables desapariciones que superaban con mucho el número habitual de deserciones. Se comentaba en voz baja la frecuencia con que se veía a Curwen hablando con los forasteros de guerrera roja, y cuando varios de ellos desaparecieron, la gente recordó lo que sucedía habitualmente con los marineros de sus tripulaciones. Nadie puede decir qué habría sucedido si los regimientos no hubieran recibido al poco tiempo la orden de marcha.
Entretanto los negocios del comerciante prosperaban. Tenía un virtual monopolio del comercio de la ciudad respecto al salitre, la pimienta negra y la canela, y superaba a todos los demás traficantes, excepto a los Brown, en la importación de añil, algodón, lana, sal, hierro, papel, objetos de latón y productos manufacturados ingleses de todas clases. Almacenistas tales como James Green, dueño del establecimiento El Elefante de Cheapside, los Russell de El Aguila Dorada, comercio situado al otro lado del puente, o Clark y Nightingale, propietarios de El Pescado y la Sartén, dependían casi enteramente de él para aprovisionarse, mientras que sus acuerdos con las destilerías locales, queseros y criadores de caballos Narragansett y fabricantes de velas de Newport, le convertían en uno de los primeros exportadores de la Colonia.
Decidido a luchar contra el ostracismo a que le habían condenado, comenzó a demostrar, al menos en apariencia, un gran espíritu cívico. Cuando el Ayuntamiento se incendió, contribuyó generosamente a las rifas que se organizaron con el fin de recaudar fondos para la construcción del nuevo edificio que aún hoy se alza en la antigua calle mayor. Aquel mismo ano 1761 ayudó a reconstruir el Puente Grande después de la riada de octubre. Repuso muchos de los libros devorados por las llamas en el incendio del Ayuntamiento y participó generosamente en las loterías gracias a las cuales pudo dotarse a los alrededores del mercado y a Town Street de una calzada empedrada con su andén para peatones en el centro. Por aquellas fechas edificó la casa nueva, sencilla pero de excelente construcción, cuya portada constituye un triunfo de los cinceles.

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