El caso de Charles Dexter Ward (Howard Phillips Lovecraft) Libros Clásicos

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Al separarse en 1743 los seguidores de Whitefield de la congregación del Dr. Cotton y fundar la iglesia del Diácono Snow al otro lado del puente, Curwen les había seguido, pero su celo se había ido apagando al mismo tiempo que iba menguando su asistencia a las ceremonias. Ahora, sin embargo, volvía a dar muestras de piedad como si con ello quisiera disipar la sombra que le había arrojado al ostracismo y que, si no se andaba con sumo cuidado, acabaría también con la buena estrella que hasta entonces había presidido su vida de comerciante.
El espectáculo que ofrecía aquel hombre extraño y pálido, aparentemente de mediana edad pero en realidad con más de un siglo de vida, tratando de emerger al fin de una nube de miedo y aversión demasiado vaga para ser analizada, era a la vez patético, dramático y ridículo. Sin embargo, tal es el poder de la riqueza y de los gestos superficiales, que se produjo cierta remisión en la visible antipatía que sus vecinos le prodigaban, especialmente una vez que cesaron bruscamente las desapariciones de los marineros. Posiblemente rodeó también de mayor cuidado y sigilo sus expediciones a los cementerios, ya que no volvió a ser sorprendido nunca en tales andanzas, y lo cierto es que los rumores acerca de sonidos y movimientos misteriosos en relación con la granja de Pawtuxet disminuyeron también notablemente. Su nivel de consumo de alimentos y de sustitución de reses siguió siendo anormalmente elevado, pero hasta fecha más moderna, cuando Charles Ward examinó sus libros de cuentas en la Biblioteca Shepley, no se le ocurrió a nadie comparar el gran número de negros que Curwen importó de Guinea hasta 1766 con la cifra asombrosamente reducida de los que pasaron de sus manos a las de los tratantes de esclavos del Puente Grande o de los plantadores del condado de Narragansett. Ciertamente aquel aborrecido personaje había demostrado una astucia y un ingenio inconcebibles en cuanto se había dado cuenta de que le era necesario ejercitar tanto la una como el otro.
Pero, como es natural, el efecto de aquel cambio de actitud fue necesariamente reducido. Curwen siguió siendo detestado y evitado, probablemente a causa de la juventud que aparentaba a pesar de sus muchos años, y al final se dio cuenta de que su fortuna llegaría a resentirse de la generosidad con que trataba de granjearse el afecto de sus conciudadanos.

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